Saturday, March 1, 2008

LA EUCARISTIA MANANTIAL Y CUMBRE DE LOS SACRAMENTOS

La Eucaristía como Sacramento



Bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y
sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.

EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA


Dividiremos este capítulo en dos grandes apartados: la Eucaristía como sacramento (incisos 4.1 y 4.2) y la Eucaristía como sacrificio (inciso 4.3). Esta división se explica en virtud de que la Eucaristía tiene una doble significación:
1) Por una parte, la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, renueva mística y sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz.
2) Por otra, la recepción de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la sagrada comunión significa y verifica el alimento espiritual del alma. Y así, en cuanto que en ella se da la gracia invisible bajo especies visibles, guarda razón de sacramento (cfr. S. Th. III, q. 79, a. 5). Tiene razón de sacrificio en cuanto se ofrece, y de sacramento en cuanto se recibe.


4.1 LA EUCARISTIA COMO SACRAMENTO

4.1.1 Noción de Eucaristía

A. Definición


La Eucaristía es el sacramento en el cual, bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Es, por eso, el más sublime de los sacramentos, de donde manan y hacia el que convergen todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana. Lo recuerdan los obispos latinoamericanos: La celebración eucarística, centro de la sacramentalidad de la Iglesia y la más plena presencia de Cristo en la humanidad, es centro y cúlmen de toda la vida sacramental"" (Documento de Puebla, n. 923).

B. Figuras

Antes de la llegada a la tierra de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía que habría de venir fue prefigurada de diversos modos en el Antiguo Testamento. Fueron figuras de este sacramento: el maná con el que Dios alimentó a los israelitas durante cuarenta años en el desierto (cfr. Ex. 16, 435), y al que Jesús se refiere explícitamente en el discurso eucarístico de Cafarnaúm (cfr. Jn. 6, 31 ss.); el sacrificio de Melquisedec, gran sacerdote, que ofreció pan y vino materia de la Eucaristía para dar gracias por la victoria de Abraham (cfr. Gen. 14, 18); gesto que luego sería recordado por San Pablo para hablar de Jesucristo como de sacerdote eterno..., según el orden de Melquisedec (cfr. Heb. 7, ll); los panes de la proposición, que estaban de continuo expuestos en el Templo de Dios, pudiéndose alimentar con ellos sólo quienes fueran puros (cfr. Ex. 25, 30); el sacrificio de Abraham, que ofreció a su hijo Isaac por ser ésa la voluntad de Dios (cfr. Gen. 22, 10); el sacrificio del cordero pascual, cuya sangre libró de la muerte a los israelitas (cfr. Ex. 12).

C. Profecías

La Eucaristía fue también preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento:
- Salomón en el libro de los Proverbios: La Sabiduría se edificó una casa con siete columnas (los siete sacramentos), preparó una mesa y envió a sus criados a decir: ‘Venid, comed el pan y bebed el vino que os he preparado (Prov. 9, 1);
- el Profeta Zacarías predijo la fundación de la Iglesia como una abundancia de bienes espirituales, y habló del trigo de los elegidos y del vino que hace germinar la pureza"" (Zac. 9, 17);

- el profeta Malaquías, hablando de las impurezas de los sacrificios de la ley antigua, puso en boca de Dios este anuncio del sacrificio de la nueva ley: Desde donde sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación pura (Mal. 1, 10ss.).

La verdad de la presencia real, corporal y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue profetizada por el mismo Señor antes de instituirla, durante el discurso que pronunció en la Sinagoga de Cafarnaúm, al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces:
"En verdad, en verdad os digo, Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre quien os dar el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es Aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Respondióles Jesús: Yo soy el pan de vida (. . .) Si uno come de este pan vivir para siempre, pues el pan que yo dar‚ es mi carne, para la vida del mundo"" (Jn. 6, 32-34, 51).
D. Preeminencia de la Eucaristía
Santo Tomás de Aquino señala la preeminencia de la Eucaristía sobre todos los demás sacramentos (cfr. S. Th. III, q. 65, a. 3):
- por su contenido: en la Eucaristía no hay, como en todos los demás, una virtud otorgada por Cristo para darnos la gracia, sino que es Cristo mismo quien se halla presente; Cristo, fuente de todas las gracias; - por la subordinación de los otros seis sacramentos a la Eucaristía, como a su último fin: todos tienden a disponer más convenientemente al alma a la recepción de la Eucaristía; - por el rito de los otros sacramentos, que la mayor parte de las veces se completan con la Eucaristía.

Haciéndose eco de las palabras de Santo Tomás, el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo que, a través de su Carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitados así y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas juntamente con El. Por lo cual, la Eucaristía aparece como fuente y culminación de toda evangelización (Presbyterorum ordinis, n. 5. Ver también Documento de Puebla, n. 923).
De esta manera, el Concilio enseña que la Eucaristía es el centro y tesoro de la Iglesia, y el Papa Juan Pablo II exhorta por eso a todos. . . , pero sobre todo a los Obispos y sacerdotes, a vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios (Enc. Redemptor hominis, n. 20).

4.1.2 La Eucaristía, sacramento de la Nueva Ley

Que la Eucaristía es verdadero y propio sacramento constituye una verdad de fe declarada por el Magisterio de la Iglesia (Concilio de Trento, Dz. 844). Se deduce del hecho de que en ella se cumplen las notas esenciales de los sacramentos de la Nueva Ley:
a) el signo externo, que son los accidentes de pan y vino (materia) y las palabras de la consagración (forma), de los que hablaremos con más detenimiento enseguida;
b) para conferir la gracia, como afirma el mismo Cristo: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn. 6, 54), o sea, la gracia, que es la incoación de la vida eterna;
c) instituido por Cristo en la Ultima Cena, como consta repetidamente en la Escritura: Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que ser derramada por muchos para remisión de los pecados (Mt. 26, 26-28). Este pasaje lo recogen también San Marcos (14, 22-25), San Lucas (22, 19-20) y San Pablo (I Cor. 11, 23-26).

4.1.3 El signo externo de la Eucaristía

Como en todo sacramento, en la Eucaristía se distingue un signo sensible que nos comunica la gracia. Basta recordar su institución en la Ultima Cena: Jesús utiliza dos elementos sencillos, el pan y el vino, y pronuncia unas palabras que ‘hacen’ el sacramento. Así queda constituido el signo: el pan y el vino serán la materia para la confección de la Eucaristía, y las palabras de la consagración que son las mismas palabras de Cristo, pronunciadas dentro de la Misa, las que renuevan esa transformación que la Iglesia ha llamado transustanciación.
A. Materia
La materia para la confección de la Eucaristía es el pan de trigo y el vino de vid. Esta es una verdad de fe, definida en el Concilio de Trento (cfr. Dz. 877, 884; ver también CIC, c. 924 & 2-3).

La seguridad de la materia proviene de la utilización por parte de Cristo de ambos elementos durante la Ultima Cena: cfr. Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 19-20; I Cor. 11, 23-26. Para la validez del sacramento se precisa: - que el pan sea exclusivamente de trigo (amasado con harina de trigo y agua natural, y cocido al fuego), de modo que sería materia inválida el pan de cebada, de arroz, de maíz, etc., o el amasado con aceite, leche, etc. (cfr. CIC, c. 924 &2); - que el vino sea de vid (i.e., del líquido que se obtiene exprimiendo uvas maduras, fermentado); sería materia inválida el vino agriado (vinagre), o cualquier tipo de vino hecho de otra fruta, o elaborado artificialmente (cfr. CIC, c. 924 & 3).
Para la licitud del sacramento se requiere:
- que el pan sea ázimo (i.e., no fermentado; cfr. CIC, c. 926), hecho recientemente, de manera que no haya peligro de corrupción (cfr. CIC, c. 924 & 2); - que al vino se le añadan unas gotas de agua (cfr. Dz. 698 y CIC, c. 924 &1). El mezclar agua al vino era práctica universal entre los judíos y seguramente así lo hizo Jesucristo, y también entre griegos y romanos.

B. Forma

La forma son las palabras con las que Cristo instituyó este sacramento: Esto es mi Cuerpo. . . esta es mi Sangre (cfr. textos de la institución eucarística, citados adelante, 4.2.1 B).
El concilio de Trento enseña que, según la fe incesante de la Iglesia, "inmediatamente después de la consagración, es decir, después de pronunciadas las palabras de la institución, se hallan presentes el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre del Señor" (Dz. 876).

4.1.4 Los efectos de la recepción de la Eucaristía

Los efectos que la recepción de la Eucaristía produce en el alma, son los siguientes:
A. Aumento de la gracia santificante. B. Gracia sacramental específica. C. Perdón de los pecados veniales. D. Prenda de vida eterna.

A. Aumento de la gracia santificante

De la unión íntima con Jesucristo se siguen lógicamente los demás efectos de la Sagrada Comunión. En primer lugar, el aumento de la gracia ya que debe tener el alma para recibir el sacramento. Para comulgar, como señalamos, hay que estar en gracia de Dios la Eucaristía es un sacramento de vivos, y por la Comunión esa gracia se sustenta, se revitaliza, se aumenta, y enciende en el gozo de la vida divina. La Comunión, pues, hace crecer en santidad y en unión con Dios.
La Sagrada Eucaristía es capaz de producir por sí misma un aumento de gracia santificante mayor que cualquier otro sacramento, por contener al mismo Autor de la gracia. Por eso se puede decir que, al ser la gracia unión con Cristo, el fruto principal de la Eucaristía es la unión íntima que se establece entre quien recibe el sacramento y Cristo mismo. Tan profunda es esta mutua inhesión de Cristo en el alma y de ésta en Aquél, que puede hablarse de una verdadera transformación del alma en Cristo.

Esto es lo que enseñó San Agustín al escribir en las Confesiones aquellas misteriosas palabras que le pareció oír de la Verdad eterna: Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Mas no me mudarás en ti, como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mi (7, 10, 16; PL 32, 742). La misma doctrina expone Santo Tomás: El que toma alimentos corporales los transforma en aquél que los toma. . . Síguese de aquí que el efecto propio de este sacramento es una tal transformación del hombre en Cristo, que puede en realidad decir con el Apóstol (cfr. Gal. 2, 20): “Vivo yo, o más bien no vivo yo, sino que Cristo vive en mi"" (In IV Sent. dist. 12, q. 2, a. 1). Y San Cirilo de Jerusalén llega a decir que la Eucaristía nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús"" (Catecheses, 22, 3).
B. Gracia sacramental específica
La gracia sacramental específica de la Eucaristía es la llamada gracia nutritiva, porque se nos da a manera de alimento divino que conforta y vigoriza en el alma la vida sobrenatural.
Todos los efectos que el manjar y la bebida corporal producen en relación con la vida del cuerpo, sustentándola, aumentándola, reparándola y deleitándola, todos esos los produce este sacramento en relación con la vida del espíritu (Concilio de Florencia, Decretum pro Armeniis, Dz. 698).

C. Perdón de pecados veniales

También se perdonan los pecados veniales, alejando del alma la debilidad espiritual. Los pecados veniales, en efecto, constituyen una enfermedad del alma que se encuentra débil para resistir al pecado mortal.

En la Comunión Jesús es Médico, que suministra el remedio para la enfermedad y fortalece nuestra debilidad, preservándonos de los pecados futuros: por ello el Concilio de Trento llama a la Eucaristía ‘Antídoto, con el que somos liberados de las culpas cotidianas y somos preservados de los pecados mortales’ (Dz. 875).
D. Prenda de vida eterna
De acuerdo a las palabras de Cristo en Cafarnaúm, la Eucaristía constituye un adelanto de la bienaventuranza celestial y de la futura resurrección del cuerpo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitar‚ en el último día"" (Jn. 6, 54; cfr. Dz. 875).
Que es verdaderamente prenda de la gloria futura, lo canta la liturgia: Oh sagrado banquete, en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura (Himno ‘Oh Sacrum convivium’). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de gracia y bendición, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial (Catecismo, n. 1402).

4.1.5 Necesidad de la Eucaristía

Hemos dicho que el único sacramento absolutamente indispensable para salvarse es el bautismo: si un niño recién bautizado muere, se salva, aunque no haya comulgado. Sin embargo, para un bautizado que ha llegado al uso de razón, la Eucaristía resulta también requisito indispensable, según las palabras de Jesucristo: "Si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros"" (Jn. 6, 53).
No sería razonable que un hombre alcanzara la salvación -que es unión con Dios-, sin tener en la tierra al menos el deseo de la Eucaristía, que también es unión con Dios.
Para aquellos que inculpablemente ignoran la verdadera fe, la necesidad de recibir físicamente la Eucaristía sería necesidad in voto, o de deseo.
En correspondencia con ese precepto divino, la Iglesia ordena en su tercer mandamiento (cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19), que al menos una vez al año y por Pascua de Resurrección, todo cristiano con uso de razón debe recibir la Eucaristía. También hay obligación de comulgar cuando se está en peligro de muerte: en este caso la comunión se recibe a modo de Viático, que significa preparación para el viaje de la vida eterna (cfr. Catecismo, nn. 1517, 1524 y 1525).
Esto, sin embargo, es lo mínimo, y el precepto ha de ser bien entendido: la Iglesia desea que se reciba al Señor con frecuencia, incluso diariamente.
4.1.6 El ministro de la Eucaristía
"Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo" (CIC, c. 900 &1; cfr. Catecismo, n. 1411).
La validez de la confección de la Eucaristía depende, por tanto, de la validez de la ordenación: consagrar es tarea propia y exclusiva del sacerdocio ministerial. Lo anterior es verdad de fe, declarada contra los valdenses (Concilio de Letrán en 1215; cfr. Dz. 424), que rechazaban la jerarquía y otorgaban a todos los fieles los mismos poderes. A su vez, el Concilio de Trento condenó la doctrina protestante, que no establecía diferencia esencial entre el sacerdocio común de todos los fieles, y el sacerdocio ministerial propio de quienes reciben el sacramento del Orden (cfr. Dz. 949, 961).
Esta verdad ha sido recientemente recordada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en una Carta dirigida a los obispos de la Iglesia sobre algunas cuestiones concernientes al ministro de la Eucaristía, el 6-VIII-1983. La prueba que ofrece la Sagrada Escritura es concluyente: el encargo hecho por Cristo en la intimidad del Cenáculo a sus Apóstoles y a sus sucesores haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24), va dirigido exclusivamente a ellos, y no a la multitud de sus discípulos.

4.1.7 El sujeto de la recepción de la Eucaristía

Todo bautizado es sujeto capaz de recibir válidamente la Eucaristía, aunque se trate de un niño (Concilio de Trento, cfr. Dz. 893).
Para la recepción lícita o fructuosa se requiere:
a) el estado de gracia, y b) la intención recta, buscando la unión con Dios y no por otras razones.

El Concilio de Trento condenó la doctrina protestante de que la fe sola (fides informis) era preparación suficiente para recibir la Eucaristía (cfr. Dz. 893). Al mismo tiempo ordenó que todo aquel que quisiere comulgar y se hallare en pecado mortal tiene que confesarse antes, por muy contrito que le parezca estar.
La Iglesia apoyándose en las duras amonestaciones del Apóstol para que los fieles examinen su conciencia antes de acercarse a la Eucaristía (cfr. I Cor. 11, 27-29), ha exigido siempre el estado de gracia, de modo "que si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente, no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia" (Catecismo, n. 1415).
Así como nada aprovecha a un cadáver el mejor de los alimentos, así tampoco aprovecha la Comunión al alma que está muerta a la vida de la gracia por el pecado mortal.
El pecado venial no es obstáculo para comulgar, pero es propio de la delicadeza y del amor hacia el Señor dolerse en ese momento hasta de las faltas más pequeñas, para que El encuentre el corazón bien dispuesto.
En sentido inverso, la Iglesia reprobó el rigorismo de los jansenistas, que exigían como preparación para recibir la Sagrada Comunión un intenso amor de Dios (cfr. Dz. 1312). San Pío X, en su Decreto sobre la Comunión declaró que no se puede impedir la Comunión a todo aquel que se halle en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con piadosa y recta intención (cfr. Dz. 1985). Como la medida de la gracia producida ex opere operato depende de la disposición subjetiva del que recibe el sacramento, la Comunión deber ir precedida de una buena preparación y seguida de una conveniente acción de gracias.
La preparación en el alma y en el cuerpo -deseos de purificación, de tratar con delicadeza el Sacramento, de recibirlo con gran fe, etc.- es lo que corresponde a la dignidad de la Presencia real de Jesucristo, oculto bajo las especies consagradas.
También es prueba de devoción dar gracias unos minutos después de haber comulgado, para bendecir al Señor en nombre de todas las criaturas y pedir la ayuda que necesitamos.
Junto a las disposiciones interiores del alma, y como lógica manifestación, están las del cuerpo: además del ayuno, el modo de vestir, las posturas, etc., que son signos de respeto y reverencia (cfr. Catecismo, n. 1387).
La legislación prescribe que quien va a recibir la Santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos durante una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas"" (CIC, c. 919 &1; cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19.1).


4.2 LA PRESENCIA REAL DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTIA

4.2.1 El hecho de la Presencia real

Por la fuerza de las palabras de la consagración, Cristo se hace presente tal y como existe en la realidad, bajo las especies de pan y vino y, en consecuencia, ya que está vivo y glorioso en el cielo al modo natural, en la Eucaristía está presente todo entero, de modo sacramental. Por eso se dice, por concomitancia, que con el Cuerpo de Jesucristo está también su Sangre, su Alma y su Divinidad; y, del mismo modo, donde está su Sangre, está también su Cuerpo, su Alma y su Divinidad.

La fe en la Presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en la Eucaristía nos asegura, por tanto, que allí está el mismo Jesús que nació de la Virgen Santísima, que vivió ocultamente en Nazaret durante 30 años, que predicó y se preocupó de todos los hombres durante su vida pública, que murió en la Cruz y, después de haber resucitado y ascendido a los cielos, está ahora sentado a la diestra del Padre.
Está en todas las formas consagradas, y en cada partícula de ellas, de modo que, al terminar la Santa Misa, Jesús sigue presente en las formas que se reservan en el Sagrario, mientras no se corrompe la especie de pan, que es el signo sensible que contiene el Cuerpo de Cristo.
La Presencia real de Cristo en la Eucaristía es uno de los principales dogmas de nuestra fe católica (ver, p. ej., Concilio de Trento: Dz. 883, 885, 886; y también 355, 414, 424, 430, 465, 544, 574a, 583, 666, 698, 717, 997, 1468, 2045, Catecismo, nn. 1373 a 1381). Al ser una verdad de fe que rebasa completamente el orden natural, la razón humana no la alcanza a demostrar por sí misma. Puede, sin embargo, lograr una mayor comprensión a través del estudio y la reflexión. Para ello procederemos exponiendo primero los errores que se han suscitado sobre este tema a lo largo de los siglos.

A. Doctrinas heréticas opuestas a este dogma

La doctrina clara y explícita del Evangelio, y las enseñanzas constantes de la Tradición, han sido repetidas y explicadas a lo largo de los siglos por los Concilios y los Romanos Pontífices. Los documentos del Magisterio fueron motivados algunas veces por el deseo de aclarar un poco más algún punto, y otras, en cambio, por la necesidad de salir al paso de verdaderas herejías. Entre las principales herejías contra el dogma de la Presencia real se encuentran las siguientes:
- En la antigüedad cristiana, las herejías de los docetas, gnósticos y maniqueos que, partiendo del supuesto de que Jesús sólo tuvo un cuerpo aparente, contradijeron el dogma de la Presencia real. - En el siglo XI, Berengario de Tours negó la Presencia real, considerando la Eucaristía sólo como un símbolo (figura ver similitudo) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo glorificado en el cielo y que, por tanto, no puede hacerse presente en todas y cada una de las hostias consagradas. El Cuerpo de Cristo está en el Cielo, y en la Eucaristía sólo estaría de un modo espiritual (condenado en 1079: cfr. Dz. 355). - En el siglo XIV, Juan Wicleff afirmó que, después de la Consagración, no había sobre el altar más que pan y vino y, en consecuencia, el fiel al comulgar sólo recibía a Cristo de manera ‘espiritual’ (condena del Concilio de Constanza de 1418: cfr. Dz. 581 ss.). - Entre los protestantes, algunos niegan la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, y otros la admiten, pero con graves errores:
1o. Niegan la Presencia real:
a) Zwinglio: "La Eucaristía es "figura" de Cristo"; b) Calvino: "Cristo está en la Eucaristía porque actúa a través de ella, pero no está sustancialmente"; c) Protestantes liberales: "Cristo existe en la Eucaristía ‘por la fe’; esto es, porque lo creemos así: el creyente ‘pone’ a Cristo en la Eucaristía".
2o. Explican erróneamente la doctrina:
a) Lutero: "En la Eucaristía está al mismo tiempo la sustancia del pan y del vino junto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo"; b) Osiandro: "Se efectúa una unión hipostática entre el pan y el Cuerpo de Cristo (impanación)"; c) otros protestantes afirman que Cristo está presente cuando se recibe la Comunión (in uso), pero no perdura en las hostias consagradas que se reservan después de la Misa.

Todas estas herejías de los protestantes encuentran sus correspondientes condenas dogmáticas en las sesiones XIII, XXI y XXII del Concilio de Trento.
B. El testimonio de la Sagrada Escritura B.1 La promesa de la Eucaristía

La verdad de la Presencia real y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue revelada por El mismo durante el discurso que pronunció en Cafarnaúm al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes:

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivir para siempre, pues el pan que yo le dar‚ es mi carne, para la vida del mundo. Entonces comenzaron los judíos a discutir entre ellos y a decir: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Díjoles, pues, Jesús: “En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitar‚ en el último día. Porque mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él"" (Jn. 6, 51-56). B.2 La institución
Esa promesa de Cafarnaúm tuvo cabal cumplimiento en la cena pascual prescrita por la ley hebrea, que el Señor celebró con sus Apóstoles, la noche del Jueves Santo. Tenemos cuatro relatos de este acontecimiento: Mateo 22, 19-20
"Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, este es mi Cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi Sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados" Marcos 14, 22-24
"Mientras comían, tomó pan y, bendiciéndole lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos, Y les dijo: Esta es mi Sangre de la alianza, derramada por muchos"

Lucas 22, 19-20
"Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Y el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre, que es derramada por vosotros". I Corintios 11, 23-25
"Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche que fue entregado, tomo el pan y después de dar gracias lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, que se da por vosotros, haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es el nuevo testamento en mi Sangre; cuantás veces lo bebáis, heced esto en memoria mía...Así pues, quien coma el pan y bebe el cáliz indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre de Señor".

Es imposible hablar de manera más realista e indubitable: no hay dogma más manifiesto y claramente expresado en la Sagrada Escritura. Lo que Cristo prometió en Cafarnaúm, lo realizó en Jerusalén en la Ultima Cena.
Las palabras de Jesucristo fueron tan claras, tan categórico el mandato que dio a sus discípulos -"haced esto en memoria mía"- (Lc. 22, 19), que los primeros cristianos comenzaron a reunirse para celebrar juntos la ‘fracción del pan’, después de la Ascensión del Señor a los cielos.
"Todos -narran los Hechos de los Apóstoles- perseveraban en la doctrina de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración" (Hechos 2, 42).
San Pablo mismo testimonia la fe firme en la Presencia real de la primitiva cristiandad de Corinto: "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la Sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión del Cuerpo de Cristo? (. . .) Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis el cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga. De modo que quien comiere el pan o bebiere cl cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor" (I Cor. 10, 16; 11, 26-27).

C. La Presencia real según el testimonio de la Tradición

La ‘fracción del pan’ -sintagma técnico para designar la Eucaristía- pasó pronto, junto con el bautismo, a ser el rito característico de los primeros cristianos. Ellos creían con absoluta sencillez que el pan consagrado era el Cuerpo de Cristo. Los Apóstoles y sus sucesores presentaban a los fieles el pan consagrado diciendo: Corpus Christi, y los fieles respondían Amén. La Eucaristía era Jesús, y nadie habló jamás de símbolo o figura.
Uno de los Santos Padres lo explica así: "Este pan es pan antes de la consagración; no bien ha tenido lugar ésta, el pan pasa a ser la Carne de Cristo. . . Ved, pues, cuán eficaz es la palabra de Cristo. . . Así pues, cuando lo recibes, no dices en vano ‘Amén’, confesando en espíritu que recibes el Cuerpo de Cristo. El sacerdote te dice: ‘El Cuerpo de Cristo’ y tú dices: ‘Amén’; esto es, ‘verdadero’" (SAN AMBROSIO, De sacram., lib. 4, cap. 4).
Del siglo II tenemos, entre muchos, el testimonio de San Ignacio de Antioquía: “La Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y a la que el Padre por su bondad ha resucitado” (Ep. ad Smyrn. 7, 1). Y, como para prevenir posibles interpretaciones mediatizadas, otro escritor de la antigüedad dice: Porque el Señor no dijo: “Esto es un símbolo de mi cuerpo y esto es un símbolo de mi sangre”. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con las palabras pronunciadas sobre la ofrenda por ella se cambia en su carne y en su sangre (TEODORO DE MOPSUESTIA, In Matth. Comm. 26).
Esta fe se ha mantenido en la Iglesia a lo largo de todos los siglos posteriores. Ha sido enriquecida con un desenvolvimiento filosófico y teológico, uniforme con la Tradición, que ha venido a profundizar y a clarificar el dogma. Con brevedad, hablaremos a continuación de esas fundamentaciones racionales.

4.2.2 Modo de verificarse la Presencia real

Habiendo dejado expuesta la verdad de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, hablaremos ahora del modo de realizarse. Es importante recordar, sin embargo, que las verdades de fe se creen no por su evidencia racional, sino porque nos han sido reveladas por Dios, que nunca nos engaña. Por ello, y siendo la Eucaristía una insondable verdad de fe, no se trata de ‘probar’ la Presencia real de Cristo -es un misterio inalcanzable a la razón-, sino de dar una congruente explicación filosófica de lo que ahí sucede.

A. La transubstanciación

El Magisterio de la Iglesia nos enseña que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía. . . se produce una singular y maravillosa conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la Sangre; conversión que la Iglesia católica llama aptísimamente transubstanciación (Concilio de Trento, Dz. 884; cfr. Catecismo, n. 1376).

En efecto, el término transubstanciación (trans-substare) expresa perfectamente lo que ocurre, pues al repetir el sacerdote las palabras de Jesucristo, se da el cambio de una substancia en otra (en este caso, de la substancia ‘pan’ en la substancia ‘Cuerpo de Cristo’, y de la substancia ‘vino’ en la substancia ‘Sangre de Cristo’), quedando solamente las apariencias, que suelen denominarse -como veremos más adelante- con la expresión “accidentes”.
Esas especies consagradas de pan y de vino permanecen de un modo admirable sin su substancia propia, por virtud de la omnipotencia divina.
La transubstanciación se verifica en el momento mismo en que el sacerdote pronuncia sobre la materia las palabras de la forma (‘esto es mi Cuerpo’; ‘este es el cáliz de mi Sangre’), de manera que, habiéndolas pronunciado, no existen ya ni la substancia del pan ni la substancia del vino: sólo existen sus accidentes o apariencias exteriores.
Para comprenderlo mejor es preciso entender antes qué es una substancia. La palabra substancia viene de sub-stare = estar debajo; es decir, latente bajo unas apariencias. Si alguien tiene una rosa artificial, podemos pensar al verla que es una rosa natural, porque los ojos ven el color, la forma y las apariencias de una rosa verdadera. Sin embargo, bajo esas apariencias no hay una rosa, no existe la substancia rosa. De modo análogo, aunque contrario, cuando yo miro la Hostia consagrada veo los accidentes -color, forma, olor, tamaño, etc.- del pan; pero la fe no los sentidos- me dicen que ahí no está la substancia del pan, sino la substancia del Cuerpo de Cristo.
Precisando más el concepto de transubstanciación, y sus implicaciones en este sacramento, puede afirmarse:

a) en la Eucaristía no hay aniquilamiento de la substancia del pan (o del vino), porque ésta no se destruye, sólo se cambia;
b) no hay creación del Cuerpo de Cristo: crear es sacar algo de la nada, y aquí la substancia del pan cambia por la substancia del Cuerpo, y la del vino por la de la Sangre;

c) no hay conducción del Cuerpo de Cristo del cielo a la tierra: en el cielo permanece el único Cuerpo glorificado de Jesucristo, y en la Eucaristía est su Cuerpo sacramentalmente;

d) Cristo no sufre ninguna mutación en la Eucaristía; toda la mutación se produce en el pan y en el vino;

e) lo que se realiza, pues, en la Eucaristía es la conversión de toda la substancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es lo que llamamos transubstanciación.
En los últimos años, algunos teólogos han buscado nuevas formas de explicar esta Presencia real de Cristo en la Eucaristía, usando términos tomados de filosofías más personalistas. Por ejemplo, hablan de transignificación o de transfinalización, señalando que, por las palabras de la consagración, el pan y el vino consagrados adquieren una nueva significación y se dirigen a un nuevo fin.
Estas doctrinas recientes parece que no intentan disminuir el realismo de la Presencia de Cristo, sino idear nuevos cauces terminológicos en conformidad a las categorías antropológicas de algunas corrientes del pensamiento moderno.
No obstante, el Magisterio de la Iglesia las juzga insuficientes y exige mantener la terminología de siempre: al variarla, en efecto, se incurre en peligro de alterar la verdad de fe. Advierte el Papa Pablo VI que "salvada la integridad de la fe, es también necesario atenerse a una manera apropiada de hablar, para que no demos origen a falsas opiniones -lo que Dios no lo quiera- acerca de la fe en los altos misterios, al usar palabras inexactas. . . La norma, pues, de hablar que la Iglesia, con su prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los Concilios, y que con frecuencia se ha convertido en contraseña y bandera de la fe ortodoxa, debe ser escrupulosamente observada y nadie, por su propio arbitrio, con pretexto de nueva ciencia, presuma cambiarla" (Encíclica Mysterium fidei, 3-IX-1965, n. 39).


B. Permanencia de los accidentes

Se entiende por ‘especie’ o ‘accidente’, todo aquello que es perceptible por los sentidos, como el tamaño, la extensión, el peso, el color, el olor, el sabor, etc.

Podemos explicarlo también, diciendo que si la substancia es el ser que existe en sí mismo (p. ej., un libro), el accidente es el ser que no puede existir en sí mismo, sino en otro: los accidentes existen en la substancia (p. ej., un libro azul, pesado, de gran volumen, etc.; lo azul, lo pesado o el volumen, no se dan independientes del libro en el que inhieren). Ahora bien, en la Eucaristía -como ya explicamos- hay un cambio de substancia, pero no hay cambio de accidentes. Los accidentes del pan y del vino continúan, conservando todas sus propiedades, pero permanecen sin sujeto: son mantenidos en el ser por una especialísima y directa intervención de Dios que, siendo Autor del orden material y Creador de todas las cosas, puede suspender con su poder las leyes naturales.
Este tipo de mutación no se encuentra en ningún caso dentro del mundo físico: siempre que cambia la substancia, cambia también con ella los accidentes (p. ej., cuando se quema un papel cambia la substancia ‘papel’ en otra substancia, la ceniza, y se da obviamente también cambio de accidente: tamaño, color, olor, peso, etc.).

4.2.3 El modo como el Cuerpo de Cristo está realmente presente

Nadie duda que el Señor está presente en medio de los fieles, cuando éstos se reúnen en su nombre: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt. 18, 20).
También está presente en la predicación de la palabra divina, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla (Const. Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, n. 7).
Igualmente está presente en los sacramentos, ya que son acciones del Cristo, como explicamos.
Sin embargo, la presencia de Jesucristo en la Eucaristía es de otro orden: Es muy distinto el modo verdaderamente sublime, por el cual Cristo est presente en su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos (Pablo VI, Enc. Mysterium Fidei, n. 39). En efecto, esta presencia de Jesucristo en la Eucaristía se denomina real para hacer frente a la presencia figurativa o simbólica de la que hablan los protestantes, y para señalar también que es diferente de esos otros modos que mencionamos anteriormente.
Se le llama real no por exclusión, como si las otras presencias de Cristo -en la oración, en la palabra, en los otros sacramentos- no fueran reales, sino por antonomasia, pues es una presencia substancial: por ella se hace presente Cristo, Dios y Hombre, entero e íntegro. Por lo tanto, sería entender mal esta manera de presencia, imaginarla al modo espiritual, como si fuera Cuerpo glorioso de Cristo presente en todas partes, o se redujera a un puro simbolismo.

A. Per modum substantiae

Bajo cada una de las especies sacramentales, y bajo cada una de sus partes cuando se fraccionan, est contenido Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Lo anterior fue definido como verdad de fe en el Concilio de Trento: "Si alguno negare. . . que bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies se contiene Cristo entero, sea anatema"" (Dz. 885). Con este dogma de fe se impugna la falsedad de quienes afirman que en las fracciones de la Hostia (o en las gotas del vino consagrado) no está ya presente Cristo. Puesto que lo está por transubstanciación -y no de otra manera-, se sigue forzosamente que ahí donde antes había substancia de pan (o de vino) hay ahora la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: Jesucristo está presente al modo de la presencia de la substancia. Jesucristo no se encuentra presente en la Hostia al modo de los cuerpos, que ocupan una extensión material determinada (la mano en un lugar, y la cabeza en otro), sino al modo de la substancia (‘per modum substantiae’), que está toda entera en cada parte del lugar (la substancia del agua se encuentra tanto en una gota como en el océano; la substancia del pan esta tanto en una migaja como en un pan entero, etc.). Por ello, al dividirse la Hostia, está todo Cristo en cada fragmento de ella.
Cualquier punto de referencia a los cambios que conocemos es inadecuado. El cambio milagroso de la Eucaristía -la transubstanciación- supera toda experiencia; es un cambio que está más allá de los sentidos. Por eso, nunca será descubierto por las ciencias humanas: la química más avanzada no puede descubrir en sus análisis más que pan y vino.

B. Cristo está todo entero bajo cada especie
No está únicamente el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, ni únicamente su Sangre bajo los accidentes del vino, sino que en cada uno se encuentra Cristo entero. Donde está el Cuerpo, concomitantemente se hallan la Sangre, el Alma y la Divinidad; y donde está la Sangre, igualmente por concomitancia se encuentran el Cuerpo, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
Jesucristo, pues, está presente en la Eucaristía con la naturaleza humana (Cuerpo- y Sangre- y Alma) y la naturaleza divina (Divinidad). Pero el Alma y la Divinidad no están por conversión, sino por simple presencia, debido a la unión hipostática que se da en la Persona de Cristo entre su naturaleza humana y su naturaleza divina. Como escribe Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 76, a. 1, ad. 1 ), el Cuerpo y la Sangre están por la conversión y el Alma y la Divinidad por real concomitancia.
La doble consagración del pan y del vino fue realizada por Cristo para representar mejor aquello que la Eucaristía renueva: la muerte cruenta del Salvador, que supuso una separación del Cuerpo y de la Sangre. Por ello, el sacerdote consagra separadamente el pan y el vino. Este tema se estudia con más amplitud en el inciso

4.3 La Eucaristía como Sacrificio"".
C. Permanencia de la Presencia real

"La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsisten las especies eucarísticas" (Catecismo, n. 1377).
La permanencia de la Presencia real es una verdad de fe, definida contra la herejía protestante que afirmaba la presencia de Cristo en la Eucaristía sólo in uso, es decir, mientras el fiel comulga (Concilio de Trento, cfr. Dz. 886 y 889). Según la doctrina católica, la Presencia real dura mientras no se corrompen las especies que constituyen el signo sacramental instituido por Cristo. El argumento es claro: como el Cuerpo y la Sangre de Cristo suceden a la substancia del pan y del vino, si se produce en los accidentes tal mutación que a causa de ella hubieran variado las substancias del pan y del vino contenidas bajo esos accidentes, igualmente dejar n de estar presentes la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Por eso, cuando el sujeto recibe el sacramento, permanecen en su interior la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, hasta que los efectos naturales propios de la digestión corrompen los accidentes del pan y del vino (alrededor de 10 ó 15 minutos); es entonces cuando deja de darse la Presencia real de Cristo. En vista de esa permanencia, es dogma de fe que a la Santísima Eucaristía se le debe el culto de verdadera adoración (o culto de latría), que se rinde a Dios (Concilio de Trento, cfr. Dz. 888; Catecismo, n. 1378-9).

4.2.4 Devociones Eucarísticas

Porque Jesucristo permanece en las hostias consagradas que se reservan en el Sagrario, el Santísimo Sacramento es tratado con singular reverencia, guardándose en ricos vasos sagrados, y doblando ante El la rodilla. Además, cerca del Sagrario arde constantemente una lamparilla de cera, que recuerda su Presencia real.
Así pues, "la Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (Catecismo, n. 1378).
La liturgia reserva dos solemnidades para honrar esta Presencia real: el Jueves Santo se celebra la institución del Sacramento, con especial referencia al Sacrificio de la Cruz (‘la Eucaristía como sacrificio’), mientras que el día del Corpus et Sanguis Christi se acentúa el homenaje de adoración al Señor realmente presente en el sagrario (‘la Eucaristía como sacramento’). Ese día, en muchos sitios es costumbre llevar solemnemente al Santísimo en procesión por las calles de la ciudad.
Recomienda la Iglesia hacer con frecuencia la Exposición y Bendición con el Santísimo, dando gracias por su Amor y pidiendo su ayuda. Se canta el Pange lingua, y el Tantum ergo, u otro himno oportuno, y al final el mismo Jesucristo bendice cuando el sacerdote hace la Cruz sobre nosotros con la Hostia Sagrada.
En realidad, todo el culto de la Iglesia se mueve alrededor de la Eucaristía, y la devoción privada de los cristianos ha encontrado diversas formas de manifestar su fe y su amor al Señor presente en medio de nosotros. Una muy especial es la Visita al Santísimo, para hacerle compañía durante algunos minutos, ya que Jesús nos espera en este sacramento de amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración (Catecismo, n. 1380).


4.3 LA EUCARISTIA COMO SACRIFICIO

Habiendo concluido la explicación de la Eucaristía como sacramento, se estudia ahora bajo su otra consideración fundamental: la Eucaristía como sacrificio.
Aunque el sacramento y el sacrificio de la Eucaristía se realizan por medio de la misma consagración, existe entre ellos una distinción conceptual. La Eucaristía es sacramento en cuanto Cristo se nos da en Ella como manjar del alma, y es sacrificio en cuanto que en Ella Cristo se ofrece a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 75, a. 5).
El sacramento tiene por fin primario la santificación del hombre; el sacrificio tiene por fin primario la glorificación de Dios. También Santo Tomás señala que el sacramento de la Eucaristía se realiza en la consagración, en la que se ofrece el sacrificio a Dios (cfr. S. Th. III, q. 82, a. 10, ad.1). Con estas palabras indica que el sacrificio y el sacramento son una misma realidad, aunque podemos considerarlos por separado en cuanto que la razón de sacrificio está en que lo realizado tiene a Dios como destinatario, mientras que la razón de sacramento contempla al hombre, a quien se da Cristo como alimento.
La Eucaristía como sacramento es una realidad permanente (res permanens), como sacrificio es una realidad transitoria (actio transiens). Se entiende como sacramento la Hostia ya consagrada en la comunión, en la reserva del sagrario, en la exposición del Santísimo, etc.; se entiende como sacrificio en la Santa Misa, esto es, cuando se lleva a cabo la consagración. "La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia". La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa de la ofrenda de su Cabeza. Con El, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres.
En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones la posibilidad de unirse a su ofrenda (Catecismo, n. 1368).

4.3.1 Del Sacrificio en general

Por sacrificio se entiende:
a) el ofrecimiento a Dios, b) de una cosa sensible que se destruye o inmola, c) hecha por el ministro legítimo, d) en reconocimiento del supremo dominio de Dios sobre las criaturas.
El sacrificio es el acto principal de la religión. Ya desde los tiempos más remotos ha sentido el hombre la necesidad de rendir a Dios homenajes debidos, y le manifiesta esta convicción sacrificando en su honor algunas criaturas: las mejores y las más apropiadas. Además, el hombre buscó también así aplacar a Dios por los pecados cometidos, privándose de objetos que le resultaban valiosos.
El sacrificio requiere la destrucción o inmolación de la víctima, pues sólo así se testifica el dominio de Dios sobre lo creado: de aquello que se destruye nada queda; el hombre se priva de un bien que ofrece del todo para el solo honor de Dios.
Adán y sus hijos sacrificaban las primicias del campo y del rebaño para honrar a Dios (cfr. Gen. 4, 3). Noé, al salir del Arca, sacrificó animales para dar gracias a Dios (cfr. Gen. 8, 20). David hizo un sacrificio cuando se privó del agua que sus soldados le ofrecían, y la echó al suelo en honor de Dios (cfr. I Paralip. 11, 17). La inmolación del cordero pascual sirvió para librar de la muerte a los israelitas (cfr. Ex. 12). Los judíos, en fin, ofrecían de continuo oblaciones y holocaustos en el Templo de Jerusalén.
Todos estos sacrificios llamados sacrificios de la Antigua Ley, anunciaban y prefiguraban el verdadero y perfecto sacrificio, el sacrificio de la Nueva Ley realizado por Jesucristo con su muerte en la Cruz.


4.3.2 El Sacrificio de la Misa

En el Antiguo Testamento Dios había manifestado a su pueblo con qué sacrificios quería ser honrado. Sin embargo, esos sacrificios eran aún imperfectos, sombra y figura del sacrificio perfecto que le ofrecería su Hijo al venir al mundo y morir en la Cruz: sacrificio único y de valor infinito.

En el año 420 A. C., Dios envió al último profeta, Malaquías, quien habló así en su Nombre:
"Se acabó ya mi benevolencia para con vosotros, oh sacerdotes hebreos, que me ofrecéis sacrificios en el Templo! Porque he aquí que (la mirada del profeta escudriñaba aquí el porvenir) desde Oriente hasta Occidente mi gloria se difunde entre todos los pueblos y en todo lugar se me ofrece una Víctima que es toda ella pura. Porque grande es mi gloria entre los pueblos, dice el Señor "(Mal. 1, 10-11).
Este nuevo sacrificio no puede ser ninguno de la Antigua Ley. Primero, por el rechazo a los sacerdotes hebreos. Luego, porque en la antigua alianza sólo se ofrecían sacrificios en el Templo de Jerusalén; ahora se ofrecer en todo lugar. En el Templo, las víctimas no eran necesariamente gratas a Dios; ahora será una Víctima siempre pura y grata a su presencia, al tratarse del mismo Hijo de Dios. Por último, los sacrificios antiguos se reservaban sólo a los judíos; ahora se extenderá entre todos los pueblos.
Este sacrificio de la Nueva Ley es el sacrificio que Cristo realizó en la Cruz. En él se cumplen todas las condiciones del sacrificio: el Sacerdote y la Víctima son el mismo Cristo, la inmolación consiste en la muerte del Redentor, y el holocausto del Hijo tiene por fin la gloria de Dios Padre. Este sacrificio es del todo agradable a Dios y lo satisface de modo pleno y sobreabundante por los pecados de todos los hombres. En virtud de la expresa voluntad del Señor, este único sacrificio es renovado bajo las especies de pan y vino, cada vez que se celebra la Santa Misa. El sacrificio de la Misa fue instituido en la Ultima Cena, cuando Cristo convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, ordenando a los Apóstoles: Haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19). Aquello que iba a suceder al día siguiente -su muerte cruenta en la Cruz, para obtener el perdón de los pecados- quedaría perpetuamente renovada con la oblación incruenta de las especies sacramentales, para que se aplicaran esos méritos infinitos obtenidos por Jesucristo con su inmolación.


4.3.3 Relación entre el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz

La Misa no es una simple representación, sino que es una renovación del sacrificio de la Cruz.
El Concilio de Trento (Dz. 938, 940) enseña que el sacrificio de la Misa es esencialmente el mismo de la Cruz (es una misma la Víctima, el Sacerdote y los fines); sólo difiere en el modo como se ofrece (en la Cruz, de modo cruento, con un derramamiento de Sangre; incruentamente en la Eucaristía). Hay también una íntima relación entre la Misa y la Ultima Cena (cfr. Dz. 938ss., 949, 957, 961, 963):
La consagración del pan y del vino hecha en la Ultima Cena tuvo principalmente carácter de sacramento, porque lo que pretendió Cristo fue especialmente darse como alimento. Pero tuvo también carácter de sacrificio. En efecto, si la Víctima no fue inmolada en ese momento, sí fue ofrecida para ser inmolada en la Cruz (esto es mi Cuerpo, que ser entregado por vosotros. Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros""; Lc. 22, 19-20). Se ve, pues, que su Cuerpo y su Sangre tuvieron ya carácter de víctima inmolada; y por eso si La Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz, la Ultima Cena fue la anticipación de él. La Santa Misa remite directamente al Sacrificio de la Cruz, anunciado y sacramentalmente anticipado, pero aún no consumado, en La Última Cena. La Santa Misa fue instituida en la Última Cena, no para perpetuarla, sino para perpetuar el Sacrificio de la Cruz. Por eso, en sentido estricto, la primera Misa sólo pudo celebrarse después del Sacrificio del Calvario, aunque se pudo hacer en virtud de la institución sacramental de la noche anterior.


4.3.4 La esencia del Sacrificio de la Misa

En la estructura de la Misa encontramos las siguientes partes (cfr. Catecismo, nn. 1348 a 1355):

- los ritos iniciales;
- la liturgia de la palabra (lectura de los libros sagrados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento);
- la liturgia eucarística (desde el ofrecimiento del pan y del vino hasta la comunión del sacerdote, teniendo como parte central la consagración);
- el rito de comunión;
- los ritos de conclusión. La esencia de la Santa Misa como sacrificio consiste en la consagración de las dos especies, que se ofrecen a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 82, a. 10). Con la doble consagración se manifiesta la cruenta separación del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Cruz.
"La divina Sabiduría ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el Sacrificio de nuestro Redentor, con señales inequívocas que son símbolo de muerte, ya que gracias a la transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, las especies eucarísticas simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre" (Pío XII, Enc. Mediator Dei). De acuerdo a lo anterior, no constituye la esencia de la Misa la parte didáctica o de la palabra (error protestante), ni la sola comunión (cfr. Dz. 948), ni se requiere para el sacrificio la presencia de los fieles (cfr. Dz. 944), ni el asentamiento de la comunidad para que la Misa tenga lugar, etc.: la esencia de la Misa es la doble consagración.
-
4.3.5 Fines del Sacrificio de la Misa

Siendo el Sacrificio de la Misa el mismo Sacrificio del Calvario, sus fines resultan también idénticos. De acuerdo a la enseñanza del Concilio de Trento (cfr. Dz. 940 y 950) son cuatro los fines de la Misa:
1) Alabar a Dios, reconociéndolo como Ser Supremo (fin latréutico). El fin principal de la Misa es dar a Dios la adoración y alabanza que sólo El merece. Este acto se realiza por la inmolación en su honor de la Víctima de infinito valor: el Hombre-Dios.
Cuando la Iglesia celebra misas en honor de los santos, no ofrece el sacrificio a los santos, sino sólo a Dios. La Iglesia hace tan sólo conmemoración de los santos con el fin de agradecer a Dios la gracia y la gloria concedidas a ellos, y con el propósito de invocar su intercesión: Dz. 941, 952. 2) Darle gracias por los beneficios recibidos (fin eucarístico). La Misa realiza de manera excelente el deber de agradecimiento, pues sólo Cristo, en nuestro nombre, es capaz de retribuir a Dios sus innumerables beneficios para con nosotros. 3) Moverlo al perdón de los pecados (fin propiciatorio), toda vez que el mismo Cristo dijo: Esta es mi sangre, que será derramada para el perdón de los pecados"" (Mt. 26, 28). A través de la Santa Misa recibe Dios, de modo infinito y sobreabundante, méritos remisores de los pecados de vivos y difuntos.

Trento declaró que, según tradición apostólica, la propiciación puede aplicarse también por las almas del purgatorio (cfr. Dz. 940, 950). 4) Pedirle gracias o favores (fin impetratorio), pues la Misa tiene la eficacia infinita de la oración del mismo Cristo.


Nuestro Senor en el Santisimo Sacramento del Altar.


El inolvidable PAPA Juan Pablo II en Adoracion Eucaristica












Colaboracion de Juan Rajs G.

El Sermon de las Siete Palabras




Después de su muerte sigue su gloriosa resurrección.
La victoria de la vida sobre la muerte para siempre.



INTRODUCCIÓN

“REVELACIONES” A LA HERMANA CATALINA
de parte de Nuestro Señor Jesucristo.


Me insta nuestro Señor a escribir este nuevo libro, cuyo contenido está basado en todo lo que me fue revelado durante casi dos meses y medio.
Por mucho tiempo no supe cuándo ni cómo debía comenzar a escribir este testimonio; aunque estaba segura de que lo haría en una fecha de gran importancia para la historia de nuestra Salvación.
Y resultó ser justamente hoy, cuando la Iglesia conmemora el día de la Inmaculada Concepción de aquella Mujer, que con Su “Sí” hizo que se cumpliera el mayor acto de Misericordia de Dios para con los hombres: la venida de nuestro Redentor al mundo.
Este pequeño libro contiene nuevas enseñanzas acerca de las Palabras de Amor y Sabiduría, de Abandono a la Voluntad del Padre en medio del más atroz dolor, de Piedad y Misericordia hacia la humanidad, de Valentía y de Donación al hombre.
Estas son las últimas horas de Jesús en la Cruz y que hoy son recreadas, con el objeto de que medites sobre ellas, que profundices y vivas junto a nuestro Salvador los últimos momentos de Su vida como Hombre, antes de retornar al Padre y enviarnos al Espíritu Santo.
A Este Santo Espíritu de Dios encomiendo nos guíe a través de estas páginas, suplicando Su asistencia y consagrándole mi pobre trabajo, para que de alguna manera pueda ayudar en la salvación de las almas.
“Cuando llegué al Gólgota, Me encontré con que acababan de crucificar a dos reos. Gritaban, se retorcían y Me inspiraban lástima, a Mí que estaba en peor condición física que ellos…”, me había dicho el Señor al empezar mi meditación de aquel Primer Viernes.
Pude ver cientos de personas, hombres que iban a ser crucificados, caminando lenta pero desesperadamente, gritando, blasfemando; con los ojos llenos de terror y de odio, de deseos ciegos de venganza. No iban todos juntos, me daba cuenta de que eran escenas de distintos días y horas. Pero había un común denominador en ellos: todos eran condenados a la cruz, y casi todos decían las mismas palabras y proferían similares insultos y amenazas a quienes se habían convertido en sus verdugos.
En más de tres ocasiones vi que se acercaba uno o varios soldados a alguno de estos condenados y sacando un cuchillo o espada le cortaba la lengua para que se callase, y todo aquel camino hacia la muerte, se hacía aún más horrible y doloroso.
Apareció ante mis ojos la escena del Viernes Santo. Este condenado a muerte era distinto. Golpeado… mil veces más herido que cualquier otro, coronado con un casco lleno de espinas largas que habían destrozado su piel, incrustándose en su carne; lleno de sangre y polvo, afiebrado, temblando y con los ojos muy irritados por el sudor y las heridas; pero Su mirada estaba llena de paz, de piedad, de tristeza, y en ciertos momentos hasta se percibía en ella alegría, cuando volvía a Él la certeza de que ese sufrimiento salvaría a la humanidad de la muerte eterna.
Los otros insultan, maldicen, se retuercen. Él calla, no sale una queja de su boca, tan solo bendiciones y palabras de perdón. Contrariamente a lo que nos dirían los valores de este mundo, podía verse claramente que Él es el Gran ganador, el Vencedor de la muerte; sus verdugos son los pobres instrumentos del demonio, quien junto a Judas, es el gran derrotado.





PRIMERA PALABRA

Cuando le arrancaron la ropa, todos esperaban en absoluto silencio que Aquel Hombre se rebelara o que pidiera perdón, misericordia ante sus adversarios. Unos esperan eso, que Él se rebele o suplique el perdón para aquella sentencia. Otros esperan que, como Hijo de Dios que dice ser, le suplique a Su Padre que haga llover fuego del Cielo, para castigar a quienes lo maltrataron tanto. Parece haberse detenido el tiempo para ellos, sin embargo Este Hombre apenas mueve los labios: silenciosamente, reza…
Pero hay cuatro personas que esperan otra cosa: Juan, María Magdalena, María de Cleofás y la Virgen María. Y me parece que Jesús también espera algo distinto… También Él…
Esperan ver a aquellas personas que fueron sanadas por esas Manos que ahora están siendo traspasadas. ¿Dónde están aquellos que escucharon Sus enseñanzas en el Monte de las Bienaventuranzas? ¿Dónde, aquellos que recibieron el perdón de Sus labios? ¿Dónde están los hombres que convivieron con Él por casi tres años?... ¿Dónde están los que Él había resucitado en el cuerpo y en el alma?
Lo que veo me lastima y sé que estoy lagrimeando. Entonces escuché la voz de Jesús, que habló y me dijo que no había pensado únicamente en ellos, sino en toda la humanidad; en todos nosotros, los de ayer y de hoy, aquellos que, a pesar de haberlo conocido y recibido tantos beneficios de Él, un día habrían de darle la espalda: unos por cobardía, por temor a la persecución, otros por miedo a las burlas por aceptarse Cristianos, otros por comodidad, otros porque creen que todo lo merecen y su egoísmo no los lleva sino a pensar en sí mismos. La mayoría, por indiferencia, por tibieza o por incredulidad y falta de fe.
Entonces me repitió las Palabras del Evangelio: “…y no tengas miedo, pues no hay nada oculto que no llegue a descubrirse. Lo que te digo de noche, dilo a la luz del día y lo que te digo al oído, predícalo desde las azoteas…”
Por eso estoy aquí escribiendo, ayudada por Él, para que no estés entre aquellos a quienes Jesús se refiere con tanto dolor.
Habían terminado los soldados de colocar a Jesús sobre la Cruz. Hasta unos minutos antes, sólo se había escuchado el golpe de los clavos, primero amortizado por Su Carne virginal y luego secos, contra el madero. Él no contestaba, Él perdonaba, Él rezaba y el silencio crecía en las gargantas esperando las primeras palabras o los alaridos del crucificado.
Cuando levantaron la Cruz en alto, el llanto de las mujeres rompió el silencio y entonces comenzó nuevamente el horror: los gritos, los insultos, las burlas, los escupitajos, ¡El desafío a Dios, en ese preciso instante en el que se enfrentan el odio y el Amor, la soberbia y la Humildad, lo diabólico y lo Divino, la rebelión y la Obediencia a la Voluntad de Dios!
Jesús me miró, y fue como si Sus ojos claros me levantaran, me despertaran de mis despojos para sentir que me perdía en la profundidad de aquel dolor… Comenzó a hablarme nuevamente, Sus Palabras hacían eco en mi corazón, como si de pronto se hiciera un enorme agujero. Tristemente dijo:
“Fui sometido a un juicio en el que no tenían de qué acusarme, puesto que nada malo había hecho. Jamás hubo en Mi boca una mentira, y aún los falsos testigos que fueron convocados ante ese juicio infame, para hablar en contra de Mí, carecían de toda coherencia en sus testimonios. Mi único pecado y la causa de Mi condena a muerte fue el afirmar algo que no podía haber negado ante nadie, que era el Hijo de Dios.”
Calló y yo sentía que estaba quebrada ante aquel tormento moral y físico. ¡Cuántas cosas pasaban por mi mente en segundos! ¡Cuántos sentimientos que tal vez nunca podré explicar!
Poco después Su voz, con un tono varonil y calmado, con Palabras entrecortadas, despertó mi tiempo y escuché lo que tal vez nadie de los que allí estaban esperaba oír de labios de este condenado a muerte:

“Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen…”

Todos quedaron mudos ante estas Palabras, muchos de ellos estremecidos por el impacto, acababan de reconocer ante Quién se encontraban.
¡Qué injusta ironía! Su sentencia fue por proclamarse Hijo de Dios. Porque osó llamar a Dios “Padre”, “Abba”, o amado Papá, “Papito”, como muchos diríamos hoy. Por eso lo han sentenciado… Y sin embargo está pidiendo a Su Padre, que tenga Misericordia para Sus verdugos.
Está pidiendo que ese grave pecado no les sea tenido en cuenta por Su Padre Dios. Y con este acto está dejando el mejor ejemplo de todo lo que transmitió en Sus años de predicación: Esta dando testimonio vivo, en los hechos, de lo que nos enseñó: Amar y pedir por los enemigos, por los que nos hacen daño.
Las Palabras que un día se oyeron de Sus labios en el Monte de las Bienaventuranzas, las estaba convirtiendo en hechos ahora, en el Monte llamado “Gólgota” o “de la Calavera…”
¡Cuánto había gozado satanás con la Pasión del Hijo de Dios! Sin embargo, si antes lo había hecho reír el dolor de Jesús, ahora con estas Palabras aullaba de ira, corriendo a meterse en aquellos monstruos que torturaban al Hijo del Hombre, a Aquel Hombre, por Quien “el ángel malo” o “diablo” fue echado del Cielo.
De este modo quería conseguir que la crueldad de los verdugos aumentase contra Jesús, al punto de desafiarlo y tentarlo a que se bajara de la Cruz. Ese hubiera sido el triunfo del demonio: que Jesús aceptara el desafío y con ello cayera en la tentación de la desobediencia y la soberbia.
El enemigo de las almas se retuerce de rabia porque se ha cumplido la sentencia: el Hijo de la Mujer del Génesis, estaba pisando su cabeza contra el suelo al ganarnos la entrada al Cielo y no con espadas ni armas; no con tanques ni aviones de guerra, como se ganan las batallas en la tierra para justificar nuestras miserias, sino con un Hombre destrozado en esa Cruz…
Ese Hombre que, así como perdonó a Pedro, a la mujer adúltera, a la Magdalena y a tantos otros… de la misma manera pide perdón humildemente al Padre, para enseñarnos que la dulzura y el amor pueden más que la soberbia, que las humillaciones a los demás, que el látigo, la postura autosuficiente y la prepotencia.
Para enseñarnos que al noble, al sabio y al Santo se los reconoce por su sencillez y humildad y no por sus gritos o posesiones terrenas; por su calidad al aceptar el sufrimiento y no por hacer sufrir a los demás.
No, no hay Misericordia para Él. Pero Él sí pide Misericordia para ellos, para todos nosotros los hombres y mujeres, desde Adán y Eva hasta el último hombre que nacerá antes del fin del mundo.
Sabe que de este profundo dolor nacerá una Iglesia; ese es el grande y sabroso fruto -consecuencia feliz de la mezcla de agua y sangre que luego manará del Costado abierto- fruto de Amor de quien está dejando dos mandamientos en los que se resumen los diez dados por Su Padre también en otro monte: en el Sinaí a Moisés.
Si tú cumples esos dos mandamientos, se derramará sobre ti todo un río de Misericordia y serás salvado. Hay una sola condición para ganar esa Misericordia: “AMAR A DIOS POR SOBRE TODAS LAS COSAS Y AMAR A TU PROJIMO COMO A TI MISMO”. Él no Ha venido a abolir las leyes de los Profetas, sino a dar cumplimiento de ellas. Toda Su vida no ha sido otra cosa que dar cumplimiento a las profecías que sobre Él se dijeron en tiempos anteriores. Desde Su concepción en el vientre puro de una doncella…
A los seres humanos nos ha costado tanto aceptar diez reglas a cambio de tanto Amor, de tantas bendiciones, del don de la vida, de la libertad de elección… que Dios mismo Ha decidido encarnarse en un vientre humano para demostrarnos que sí se pueden cumplir esos mandamientos.
Pero como nuestra miseria y egoísmo son tan grandes, Ha dado un paso más a favor nuestro, Ha decidido simplificarnos las cosas: nos dice “Reconoce que tienes un solo Padre al que debes amar por sobre todas tus comodidades, por sobre todos tus seres queridos, por sobre todo el poder, el honor y el placer que te pueda ofrecer el mundo, y trata a los demás como si fueras tú mismo.”
“Ámalos con el mismo amor con que te amas, no menos. Respeta a los hombres y mujeres con el respeto y consideración que exiges de los demás. Sé capaz de dar todo lo que pides para ti y no hagas con los otros lo que no quisieras que hagan contigo…” Así de simple, así de sencillo, para que aún los niños y los que no son letrados, lo puedan comprender.
Yo sé que a este punto de tu lectura, hermano, sabrás que esto no va a ser fácil, no es empresa pequeña el despojarse de todo en favor de los otros: ¡Es heroísmo! De eso se trata precisamente la búsqueda de la santidad, y todo bautizado debe buscar el ser santo.
Si has tenido el valor de aceptarlo, no permitas que nada se interponga en tu camino. Vas a encontrarte con momentos en los cuales muchas circunstancias y demasiadas personas –queridas y no queridas, conocidas y desconocidas; de tu mismo credo y de otras religiones, de tu misma Patria y de otros pueblos- intentarán detenerte. Este es el momento en el que la virtud de la perseverancia es tan necesaria.
¿Cómo lo harás...? Tienes la certeza de que Jesús te ha dejado una Iglesia, para que te guíe cuando no sepas por dónde ir, te levante cuando estés caído, te perdone en Su Nombre; te acoja cuando busques albergue para tu alma, te forme con Su Palabra y te nutra con Su Cuerpo y con Su Sangre… Para que puedas convertirte en una prolongación Suya, en una diáfana manifestación de Su Presencia viva, para que irradies esa claridad y resplandor que es sello de quien es Testigo, de quien ha recibido los destellos de Su Luz y de Su Amor.
No pueden salvarnos nuestros méritos, porque no los tenemos ante la inmensidad de la Omnipotencia Divina. No vamos a salvarnos porque fuimos buenos padres, hermanos, hijos o amigos. Esa es nuestra obligación. Seremos salvados porque Jesús Fue, Es y Será el Amor y está a la espera de que así lo aceptemos. Este Amor, con Sus infinitos méritos Ha ganado el perdón para nosotros, lo Ha pedido a Su Padre desde la Cruz.
Muchas veces es tan grande el reproche de nuestra conciencia por un pecado cometido, o por toda una vida de pecados, que no pensamos que Dios pueda perdonarnos, que ya nos ganó el perdón, clavado en la Cruz del Amor…
Jesús dijo que cuando pidamos el perdón de nuestros pecados durante la oración del Padrenuestro, recordemos que Él fue capaz de pedir el perdón para nosotros porque jamás sintió rencor contra nadie…
Sólo un alma sencilla y humilde es capaz de pedir perdón por las ofensas de los enemigos. Eso requiere de mucho valor y entrega, que es la fórmula para despojarse de los bajos instintos que buscan lo ordinario: la venganza, el hundir a los otros para tratar de sobresalir o al menos salir a flote uno mismo...
¡Ah, pero eso sí! Absolutamente todos, estamos obligados a perdonar las ofensas que nos hacen, en la medida en que queremos que Dios nos perdone.
Si decimos que “perdonamos pero que no olvidamos”, estamos pidiendo al Padre que haga lo mismo con nosotros. Si, por el contrario, de corazón perdonamos las ofensas que nos hacen y al rezar pedimos que Dios nos perdone, así como lo hacemos, entonces sí estamos en condiciones de suplicar que, al haber actuado con Misericordia, Dios nos otorgue Su Misericordia.
Jesús dijo después: “En Mi Corazón atormentado por el sufrimiento, hubo un sentimiento de piedad por otro ser que sufría cerca Mí: el hombre que estaba crucificado a Mi derecha, Dimas, llamado ‘el Buen Ladrón’. Me contemplaba con piedad, él que estaba también sufriendo.”
“Con una mirada aumenté el amor en ese corazón, pecador, sí, pero capaz de sentir piedad por otro hombre. Ese malhechor, ese bandido que pendía de una cruz fue otra Magdalena, otro Mateo, otro Zaqueo… otro pecador que Me reconocía como al Hijo de Dios… y por eso quise que Me acompañara en el Paraíso aquella misma tarde, para estar Conmigo cuando Yo abriera las puertas del Cielo para dar entrada a los justos.”
“Esa era Mi Misión y esa es la misión de ustedes: abrir las puertas del Cielo para los pecadores, para los arrepentidos; para los hombres y mujeres que son capaces de pedir perdón, de poner su esperanza en la existencia de la vida eterna y colocarla junto a Mi Cruz…”
“Dimas, el Buen Ladrón a Mi derecha y Gestas, ‘el Mal Ladrón’ a la izquierda. El de la izquierda lleno de odio, el de la derecha, cambiado en un instante, al escucharme decir aquellas Palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
“Ese hombre, ante Mi Presencia serena, sufriente sí, pero no desesperada -la Presencia del portador de la Paz- sintió quebrarse muchas cosas dentro de él. Ya no quedaba lugar para el odio, no había lugar para el pecado, para la violencia, para la amargura.”
“Sólo un corazón bueno es capaz de reconocer lo que viene del Cielo y Dimas lo estaba reconociendo ante sí. Yo pedía perdón para quienes Me estaban crucificando, estaba clamando Misericordia para los pecadores como él y su pequeña alma se abrió para aceptar esa Misericordia.”
“Por eso, cuando oye decir a Gestas, el Mal Ladrón burlándose de Mí, que si Yo era el Hijo de Dios Me salvara y los salvara también a ellos, Dimas siente temor de Dios, sabe que la vida de ellos ha sido miserable, tan sucia que tal vez merecían un sufrimiento mayor del que estaban pasando.”
“Ese temor, ese reconocimiento de la Luz que brillaba frente a él, lo hace contestar: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste, nada malo ha hecho.”
En este punto, el Señor me permitió presenciar la mirada que Él cruzó con el Buen Ladrón. Una mirada de gratitud, una mirada de perdón, la mirada de un padre que se siente complacido con la respuesta de su hijo.
Hay una nueva escena ante mis ojos, y comprendo que Jesús me permite ver lo que estaba recordando, lo que había sucedido no mucho tiempo atrás, cuando Él comenzó a convivir con Sus discípulos… Veo a Jesús eligiendo a Sus seguidores. Uno a uno, los mira, profundamente, amorosa pero firmemente, con mansa autoridad, aquella autoridad que no es prepotencia, sino el fruto de una convicción ante la que nadie puede negarse, y los invita a seguirlo.
De aquellos días, dijo Jesús: “Quise que fuesen Mis discípulos, Mis hermanos, Mis amigos. Es uno mismo quien elige a sus amigos y Yo elegí a los Míos… ¡En cuántas oportunidades tuve que poner paz entre ellos para enseñarles el valor de la amistad! Aún hoy trato de enseñarles a los hombres el sentido comunitario y agápico de esta relación: amistad Conmigo y con los demás.”
“Los amaba, no sólo como Dios, sino también como Hombre. Podía conversar con ellos, podía jugar con ellos, y de hecho, lo hice… Cuando bajábamos a bañarnos en el río, jugábamos echándonos agua, como niños. Tirábamos piedras, como en un concurso y festejábamos con aplausos y risas las piedrecillas que más velozmente y más lejos saltaban.”
“Trepábamos a los árboles, como lo hace cualquier joven. Hacíamos carreras, subíamos a los montes para orar o para comer nuestra pequeña merienda. Compartíamos anécdotas y risas, como todos los hombres lo hacen cuando viven en comunidad, pero siempre concluíamos esos encuentros con una oración de gratitud al Padre, por permitirnos vivir aquellos momentos.”
“Tampoco fueron pocos los días en que no teníamos tiempo ni siquiera para comer, pero siempre procuré hacer las tareas de ellos para que apreciaran el ejemplo. Mi alimento era hacer la Voluntad de Mi Padre, ese era Mi objetivo, Mi descanso, Mi felicidad...”
“Podía instruirlos y escuchar sus inquietudes, sus secretos, y aunque veía en el fondo de ellos, Me sentía feliz de que quisieran hacerme partícipe de su intimidad. A Mi vez, les di tanto amor, paciencia, instrucción, abrazos… Todo lo que puede darse a un amigo… Pero, no era suficiente, debía dar la vida por ellos y no dudé en hacerlo.”
“Por eso estoy clavado agonizando en esta Cruz, por ellos, por todos ustedes…”
¡Dios mío, cuánto dolor y cuánto Amor! Vi resbalar dos lágrimas de los grandes ojos de Jesús y hubiera dado la vida por secarlas con mis labios. ¡Tan dolorosas y llenas de Amor! Entonces comprendí que nadie merece las consideraciones de Jesús. No las merecieron Sus discípulos y amigos entonces, no las merecemos nosotros hoy.


Segunda Palabra

Jesús estaba solo y en ese momento encontraba en Dimas todo el amor que habría querido encontrar en Sus Apóstoles. Aquel hombre hasta se había atrevido a defenderlo, mientras los otros, los que Él amaba, excepto Juan, cobardemente habían huido para no comprometerse y caer junto a Él.
Tal parecía que los suyos, en más de 2 años no habían sido capaces de creer verdaderamente en Sus Palabras, de lo contrario estarían allá, junto a Él.
Este hombre, Dimas, en unos minutos había creído en Su parte Divina, con oír de sus labios unas palabras, una súplica al Padre; había descubierto la Verdad y el Camino hacia la Vida…
Estaba viendo a Jesús agonizar, con la Paz de los que no tienen nada qué temer, con la Esperanza de los que saben que hay algo en qué esperar. Dimas quiso creer en ese “algo” porque estaba frente a la Esperanza misma.
Con mucho cansancio por el esfuerzo y por el dolor, pero con la emoción de haber visto la Luz, pronunció las palabras que lo llevarían a la santidad: “¡Jesús, acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino…!”
Esas palabras equivalen a las que hoy decimos en el confesionario “Padre, perdóneme, porque he pecado”
La noche anterior, mientras Jesús sufría el principio de Su Pasión para salvar a pecadores como cada uno de nosotros y como Dimas, el “buen ladrón” no sospechaba siquiera que saldría de su prisión insultado, escupido, repudiado, en calidad de “un maldito más”, para encontrarse con la Fuente del Amor Misericordioso. Ignoraba que al atardecer llegaría al Palacio del Rey de Reyes, del brazo del Príncipe de la Paz.
Y Jesús miró en ese malhechor al amigo. Porque amigo es aquel que confía en uno, que le entrega su confianza sin temores. Amigo es aquel que se apiada de ti en tus momentos de sufrimiento, no aquel que añade sal a tus heridas…
Amigo es el que quiere permanecer a tu lado y llegar contigo hasta el final, sin escuchar los gritos de los condenados, de los que acusan, injurian, insultan y quieren verte morir de la forma más terrible, porque su corazón está lleno de crueldad.
Esa mirada de Jesús reemplazó el abrazo que ansiaba darle, así como hoy abraza a todo aquel que le confía y consagra su alma. En medio de Sus lágrimas y espasmos, sonrió y con una voz llena de ternura prometió:

“En verdad te aseguro que hoy mismo
estarás Conmigo en el Paraíso”

Una vez más, Jesús tendiendo Sus brazos amantes al pecador; ensalzando aún por encima de los justos al que se arrepiente y humilla.
En efecto, no va a ser el más santo de los que hasta ese día murieron quien entre primero en la Gloria. Ni siquiera van a ser los Profetas y Mártires quienes ocasionen la “fiesta en el Cielo.” Es un ladrón, un asesino tal vez, un hombre repudiado por la sociedad… el primer Santo canonizado en vida y por el mismo Jesús: “San Dimas”.
Dicen que los polos opuestos se atraen: La pobreza cautiva al Señor, la miseria lo atrae, el pecador es Su gran desafío. Por eso se abajó hasta nuestra condición humana, para que unidos a Él nos liberásemos de toda atadura. Por eso, nuevamente se encuentran las dos orillas: de un lado las manos vacías del hombre y del otro, el Amor Infinito de Dios. Dos orillas tan sólo unidas por dos sentimientos, por dos actitudes: la humildad y la Misericordia, que juntas construyen siempre el puente de la salvación.
¡Dichoso tú, Dimas, que fuiste merecedor de la primera gota salvífica de la Sangre del Redentor, tan sólo por la fuerza de tu Fe y Su infinita Misericordia! Feliz tú, hermano mío, que no ocasionaste a Jesús la decepción que le proporcionan hoy muchos de aquellos que deberían reconocer Su voz y amarlo más.
Bienaventurado tú, Buen Ladrón, que fuiste capaz de olvidar tus sufrimientos, para compadecerte de otros.
Por eso mereciste la Gracia de que Dios mismo te diera la absolución, transformando tu pecado en hoguera resplandeciente del Amor Divino: porque fuiste valiente aún para dar una enseñanza a tu compañero Gestas y por tanto, desde tu cruz, estabas evangelizando, a ejemplo de Aquel a quien acababas de conocer.
Así pues Dimas estaba dando a su compañero, todo su patrimonio a la hora de la muerte; le ofrecía todo cuanto poseía: fe, una fe nueva pero firme; la esperanza en la Misericordia del Señor para obtener la vida eterna y la caridad, al invitarle a compadecerse con el Sufriente.
Ahora me pregunto y pregunto a todos mis hermanos: ¿Y nosotros, qué somos capaces de dar por este Amor que se entrega para salvarnos? ¿Tal vez lo que nos sobra...?
Y nos sentimos “generosos” cuando damos algunos alimentos o vestuario u otro tipo de ayuda material a quienes más la necesitan, pero... ¿Cuántas veces estamos conscientes de que es obligación nuestra el dar a nuestros hermanos algo más que pan y ropa?
No me cabe la menor duda, estas cosas son necesarias y mucho más en tiempos de carestía, de hambre o de dificultades, pero tendremos que tener presente que “no sólo de pan vive el hombre…”
Y si estamos conscientes de que las riquezas materiales, o el tener mucho qué comer y beber, no producen la felicidad verdadera en el hombre; que existe una permanente insatisfacción en los que viven en la lujuria, en la avaricia y otras concupiscencias de la carne...
Si aprendimos que la fama y los honores no nos conducirán a la verdadera felicidad, porque son glorias efímeras, transitorias...
Si comprobamos que no es imprescindible ni la salud del cuerpo, ni la risa grosera y el bullicio, ni las amistades únicamente mundanas, para vivir feliz de verdad….
¿Por qué no estamos llevando a Dios a nuestros hermanos, por qué no les estamos llevando Su Palabra, el Amor que hemos conocido, la Fe que nos hace testigos? ¡No nos damos cuenta de la gravedad de nuestra omisión!
Dios ama a quien da con alegría. Dios cubre nuestras necesidades. Cuando damos con felicidad, con alegría, nuestra fe y nuestro amor, entonces estamos llenos, como un granero inmenso del cual otros podrán venir a recoger buen grano para llevarlo, a su vez, a los más necesitados.
Durante uno de los encuentros que tuvimos en estos días, al llegar a este punto Jesús me dijo: “El núcleo de Mi Mensaje fue esa felicidad de la que Yo gozaba y que era fruto del Amor y la entrega a Mi Padre y a ustedes, los hombres. Todo lo que dije e hice, fue para que de Mi profunda alegría se contagiasen también los demás; para que el gozo de Mis discípulos fuese verdadero y llegase también a su plenitud, como el Mío.”
“Hija Mía –continuó el Señor- esta dura lucha que Estoy viviendo, con la carne lastimada que clama sus derechos, con las tinieblas que se ciernen a Mi alrededor y lejos de aquellos por quienes doy la vida, hacen que sienta una angustia de muerte, llevando en Mi Ser todo el Amor que siento por las criaturas que esperan redención. La angustia y la pena añaden dolor a Mi Cuerpo, cada vez más debilitado por toda esta sangre que se escurre por Mi piel a consecuencia de esta durísima prueba.”
“Felices de ustedes, los que aceptan compartir Mis dolores y Mis amores; dichosos quienes aceptan voluntariamente esta comunión con Mis sentimientos más hondos, este compenetrarse con Mis deseos de entrega más profundos; este vivir Mi misma condición de crucificado en la extraordinaria lección que no se acaba nunca.”


Tercera Palabra

Mi Señor levantó un poco la cabeza como queriendo liberar Sus ojos de la sangre que entraba en ellos, para mirar una vez más a esos dos seres que tanto había amado y que ahora se quedaban como testimonio Suyo: Su Madre y Juan, el hermano, el amigo, el hijo... quien, tal vez por ser el más joven y el más puro entre los Apóstoles, se identificaba mejor con Jesús.
Precisamente Juan, después escribiría el Evangelio del Amor de Dios y hablaría de María, la Mujer del Génesis: la Madre del Hijo de Dios, la “Llena de Gracia”, la perfecta colaboradora, discípula y a la vez educadora de Jesús. María, nuestra amorosa y dulce Madre.
Jesús me dijo en ese instante: “Cuando hablé en la montaña aquel día sobre las Bienaventuranzas, tenía a Mi Madre frente a Mí, escuchando atenta, aprendiendo… -Felices los pobres en el espíritu… Felices los puros de corazón… Felices los humildes y sencillos… Felices los que sufren y lloran… Felices los que son odiados y perseguidos por mi causa…- Y pensaba en todos los hombres que serían llamados Bienaventurados o Felices, tomando como modelo a María.”
En ese momento, Ella se acercó más hacia la Cruz donde estaba clavado ese Cuerpo que era carne de Su carne. Sabiendo que quedaba poco tiempo, María le dice interiormente: “¡Hijo Mío y Señor Mío, llévame Contigo…!”
Jesús la miró con una ternura y un dolor inefables. Ahí estaba Ella, la Mujer del Génesis, la Mujer de las Bodas de Caná, la Mujer del Apocalipsis; la Mujer que había sido destinada, elegida, formada para ser Su Madre en la tierra...
Esa mirada de Jesús reclama de todos un respeto profundo y verdadera piedad por quien ahora está viviendo los dolores profetizados por Simeón en el Templo el día de Su Presentación... ¡Una espada está atravesando su alma!
Después de haber tenido la visión de ese momento, el Señor me dijo: “Mi Madre estuvo siempre destinada a ser la Mujer que con Sus sufrimientos Me ayudaría en la redención de los hombres... Deben saber que aquel día, en la Boda de Caná, cuando le dije que no había llegado aún Mi hora, me refería precisamente a este momento: la hora en la que Me marcharía para que Ella continuase Mi Obra en la Iglesia que nacería de Mi Costado.”
“Quiso el Padre convertirla en Madre del “Fruto” de Su Amor, Yo quise convertirla en Madre del Fruto de Mi Pasión y Mi Cruz: Mi Iglesia. Madre de la Iglesia y Madre de los que creen en Mi Nombre y se hacen Hijos de Dios.”
“Esta Mujer, que habiendo dicho Sí a la Voluntad del Padre cuando le fue anunciada Mi Encarnación, que toda Su vida no fue otra cosa que un ‘Sí’ al Divino Querer, va a convertirse ahora en la primera cosechadora del fruto del grano de trigo muerto. Y para ello tendrá que ser igual a Mí en Misericordia para con el mundo.”
“Ya lo ves, pequeña nada, ahora contemplando este momento puedes comprender con mayor facilidad por qué el sufrimiento humano tiene sentido cuando es sobrellevado por amor, queriendo dar cumplimiento a la Voluntad Divina; y es que el mayor dolor, por intenso que sea, no mengua la felicidad en el corazón de alguien que se dulcifica con el mayor Amor”
“La verdadera felicidad radica en el amor a Dios y como consecuencia a los hombres. Un amor que es donación generosa, capaz de dar la misma vida por agradar al Padre.”
“Ha llegado Su hora y Mi hora: Yo vuelvo al Padre, pero Ella deberá quedarse y suplicar como Yo suplicaba para que no se pierdan los Míos. Debía decirle, debía recordarle que era la Mujer del Génesis, que si bien Nuestros Corazones se estaban desgarrando de dolor, Yo debía marcharme y Ella quedarse para que se cumpla la sentencia de Dios: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje, Ella te pisará la cabeza mientras acechas tú su carcañal.” (Gen 3,15)
“Di a todos Mis hijos que postren su corazón ante esta meditación, porque es uno de los momentos más culminantes en la historia de la salvación del hombre. Voy a encomendar a la humanidad a la que será ‘Medianera’ entre el hombre y Yo.”
“Ha llegado la hora del Génesis, la hora de completar el milagro iniciado en Caná. Es el momento en el que debo pedirle que adopte a Juan y en él, que adopte por hijos Suyos a todos los hijos de Dios, a todos Mis hermanos. Mi camino se transformó en Su camino, y deberá beber hasta la última gota del cáliz amargo del sufrimiento: Está entregando a Su Hijo por cumplir la Voluntad Divina y deberá convertirse en Madre de la humanidad; pero luego la humanidad, representada en Mi Iglesia, repetirá Sus laudes y Su gloria resplandecerá cuando el Universo se incline ante la Reina de todas las virtudes.”
“Es preciso que nuevamente Su Corazón Inmaculado se abra a la Voluntad Divina y Su obediente Amor sea más fuerte que Su humilde Dolor… Ella debe recordar que es la Mujer de ayer, de hoy y de mañana: Antiguo Testamento, Evangelio y Apocalipsis…”
“Es preciso que Ella tenga un nuevo parto:”

“Mujer, ahí tienes a tu hijo…
Hijo, ahí tienes a tu Madre…”

Nuevamente la Virgen Ha obedecido, Juan se arroja en Sus brazos llorando y Ella, muy agotada por la tristeza, pero digna, Señora como siempre, majestuosa en su sencillez, que no necesita de artificios para mostrar su hermosura… serena y dulcemente abraza a Juan.
Sabe que el parto llegó nuevamente para Ella. Sabe que este parto es muchísimo más doloroso que el otro. En el primero, se le encomendaba al Hijo de Dios, al Santo, a un niño puro como Ella que le traería alegría, sabiduría, risas y bendiciones en cada uno de Sus besos.
En este otro parto se convertirá en Madre de la humanidad entera y muchísimos no sólo no querrán reconocerla, sino que la ofenderán. Otros, por atacar a la Iglesia de Su Hijo, la llamarán “demonio”, cuando Ella venga una y otra vez a la tierra en busca de las ovejas perdidas que ama el Pastor.
En el primer parto, Sus brazos acunaron una hermosa criatura que en Su carne fresca, tierna, recibía los besos dichosos de una joven Mamá. Ahora Sus brazos recibirán a Su Hijo muerto, torturado y ensangrentado por salvar a hombres miserables, que por culpa de sus pecados lo dejan así, irreconocible, como un día había sido profetizado por Isaías.
Sabiendo todo esto y viendo a Su Hijo en ese estado, moribundo, oyéndolo… obedece y consiente en adoptar como hijos suyos a todos los hombres, también a los malhechores, a las prostitutas, a los ateos, a los asesinos, a los ladrones, a los mentirosos, a los que sucesivamente y por todo el tiempo que dure la vida en la tierra, irán ofendiendo, combatiendo y negando a Dios.
Nos recibe a los de ese y a los de este tiempo, y con ello viene el parto: Acaba de dar a luz a la Iglesia de Su Hijo. Así como un día el Espíritu Santo depositó en Sus purísimas entrañas al Verbo para traer la salvación al mundo, hoy el Hijo deposita en Su Corazón Inmaculado a la humanidad, para que en Ese Recinto sagrado pueda hallar refugio el pecador que quiere salvarse.
No, no es fácil lo que le encarga el Señor y Ella lo sabe porque Dios la colmó de dones; pero además, le regaló el Don de ser la “Omnipotencia Suplicante”. Ese don que consiste en la súplica permanente fue, y aún es hoy, la llave secreta para abrir el Corazón de Jesús.
El Señor me dijo: “Ella sabía que tendría que suplicar por cada uno de ustedes y deberían aprender de María… De niño Yo seguía Sus pasos, para que después Ella siguiera los Míos. Fue tan íntima Nuestra unión, tan perfecta, que sentía todos Mis sentimientos y conocía todos Mis pensamientos, porque en Mi Santo Espíritu, del cual estaba llena, todo le era conocido. Así es como Ella estaba en Dios y Dios estaba en Ella. Por eso Su vida era silenciosa y orante.”
“El hombre de hoy, cuando encuentra dificultades en la vida, reflexiona, vacila o discute, en lugar de rogar. Muchas veces el demasiado reflexionar sobre los problemas es una huída a lo imaginario, mientras que la verdadera oración es siempre el retorno a lo real.”
“Cuando Mi Madre se encontraba en una situación difícil, no se ponía a reflexionar y a planificar, sino que oraba. Por eso podía donarse en una forma total, porque súplica y donación están íntimamente unidas.”
“La súplica de María tiene el valor del regalo que Dios espera de ella: es el mayor regalo, la manera más perfecta de darse. La súplica no es verdadera, no es pura, deja de ser cristiana, si no es una manera de darse.”
Contemplo nuevamente a Jesús y me viene a la memoria el Salmo 22, 16-17, que dice: “Seco está como un tejón mi paladar, mi lengua está pegada a las fauces, y me has echado al polvo de la muerte. Me rodean como perros, me cerca una turba de malvados, han taladrado mis manos y mis pies…”
Qué madre, frente a algo tan atroz como el ver a Su Hijo crucificado, habría podido soportar tal sufrimiento? Contemplé a la Virgen y sentí tanta piedad que el amor por Ella iba creciendo en intensidad, en respeto, en admiración. Pensé que Su espíritu, a pesar de tanto dolor, albergaría la esperanza en la Omnipotencia Divina, pero Su humanidad sufría profundamente esa enorme prueba.
Recordé una meditación del Vía Crucis que recita una parte del Cantar de los Cantares: “Buscaba al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré... Me encontraron los centinelas, que andaban de ronda por la ciudad. ¿Han visto a mi amado? Apenas los había dejado cuando encontré al amor de mi alma.”
Recordé también al Profeta Jeremías que dice: “... Ustedes que pasan por el camino, miren, fíjense bien si hay dolor semejante al dolor con el que el Señor me ha herido...”
Años atrás Jesús, al revelarme lo que sucede durante la Celebración de la Eucaristía, había dicho que ninguna Madre alimentó nunca a su hijo con su carne y que El sí había llegado hasta ese extremo del Amor dándonos como alimento Su Cuerpo y Su Sangre.
Ahora, al contemplar ese Cuerpo del cual colgaban lonjas de piel y carne, apreciaba exactamente lo que quiso decirnos, y mi corazón se sintió tan culpable, que pedía dejar de latir en ese momento para no sufrir lo que estaba yo sufriendo. ¡Imaginemos lo que estaría sintiendo en ese momento la Santísima Virgen!
Hoy, cuando comprobamos cuánto se ha degradado la mujer, pisoteando su pudor, para entregarse desvergonzadamente a la mirada sucia de tantos hombres...
Cuando vemos a todas esas jóvenes que se vanaglorian de exhibirse en fotografías desnudas porque están orgullosas de que sus cuerpos, a veces perfectos en belleza, hayan sido elegidos para mostrarse cual barata mercancía, o como si fuera carne fresca colgada de ganchos en los mercados…
¿Es que no se nos ocurre pensar, ni queremos creerlo, que ese cuerpo es TEMPLO Y MORADA DEL ESPIRITU SANTO...?
Nuestro amor debería admirar más la pureza de María. No debería ser tal o cual modelo la que inspire a nuestras hijas, porque la carne es carroña que se pudre y la belleza más grande se envejece para acabar convertida en polvo.
Todas las mujeres deberíamos tener como modelo a María, imitar Su pureza, Sus delicados y auténticos movimientos realizados siempre con aquella femineidad y sobriedad que da mayor Gloria a la Creación de Dios y no entristece al Espíritu Santo.
Y es que lamentablemente muchas mujeres, al convertirse en entes que se mueven por el mero instinto y el puro afán de seducción, con ademanes que de tan exagerados resultan groseros, terminan por atentar contra la misma estética que supuestamente buscan.
No podemos convertirnos en piedras de tropiezo, pues un día deberemos rendir cuentas a Dios por cada uno de los hombres que a causa de nuestro impudor pecaron, ya que no es tan culpable aquel que peca mirando como aquella que se descubre incitando al pecado.
Que Dios se apiade de nosotras, las mujeres que no tuvimos el interés de reconocer a María, la Llena de Gracia, como un posible modelo a imitar.
“¡Oh!, ustedes, por quienes He dado Mi vida, Tienen ahora una Madre a la que pueden recurrir en todas sus necesidades. Los He unido a todos con los más estrechos lazos, al darles a Mi propia Madre.”


Cuarta Palabra

La enseñanza de Jesús en este momento consistía en mostrarme Su Rostro y dejarme ver que estaba muy pálido, detrás de ese baño de Sangre. En ese momento el cielo empezó a oscurecerse, hasta ponerse casi como si fuera de noche, era como si hubiera un eclipse.
Los oscuros nubarrones presagiaban tormenta, decenas de relámpagos zigzagueaban en el horizonte y truenos muy fuertes retumbaban haciendo temblar la tierra.
De pronto aparecieron centenares de Ángeles alrededor de toda la escena. En un movimiento conjunto, perfectamente sincronizado, todos ellos se postraron para adorar a Jesús, con las manos juntas y en silencio, mientras sus brillantes rostros reflejaban una profunda tristeza. Él Tenía la lengua y los labios muy secos, pastosos. Nuevamente Su voz adquirió un matiz cansado, como si le costara hablarme, y me dijo: “Contempla esta escena, querida Mía y aprende que los Míos no pueden marchar sin cruz por la vida.”
“Ve y dile al mundo lo que estás aprendiendo, y si quieren callarte, grita más fuerte todavía, por la fuerza del amor que te une a Mí, como unidos están estos dos maderos para formar un instrumento de salvación para el género humano.”
“Di a las almas consagradas, que la cruz que llevan, no es únicamente para que adorne su pecho o los identifique superficialmente Conmigo. Primero deben revestirse de ella, aprender a ‘acomodarse’ en ella, en lugar de huir de ella. Diles que no pueden ambicionar el Tabor si no han pasado antes por el Gólgota; que aquí, en la Cruz, es donde aprenderán la caridad, la humildad, la pobreza de espíritu, la templanza en todos los actos de su vida.”
“Asegúrales que Yo doy prueba y testimonio de que, desde la experiencia de la cruz, se puede vencer fácilmente al demonio. Contémplame: Soy verdadero Hombre, en el cual la carne manifiesta sus limitaciones, y verdadero Dios al demostrarles la fuerza implacable del Amor agápico.”
“Oren por aquellos que no conocen de sufrimientos, porque de cierto, no están entre los Míos… Observa a estos dos condenados que Me flanquean y medita acerca de las formas en que los hombres llevan sus cruces.”
“Unos la llevan con rabia, con rencor, en medio de mucho pesar. Quien carga una cruz en semejantes circunstancias y con esos sentimientos, de hecho carga una cruz que no tiene sentido, puesto que en lugar de acercarlo, lo aleja de Mí. Por lo general esa es la cruz de aquellos que se niegan a comprender el sentido del sufrimiento que adquiere dimensiones sobrenaturales. Esa es la cruz que tiene el ladrón de Mi izquierda: es la cruz que siempre será pesada y que nunca podrá redimir.”
“Dimas, a Mi derecha, acepta su cruz con resignación, y hasta con dignidad, asumiéndola primero, porque no le queda más remedio. Pero de pronto, cuando Me reconoce y sabe que Soy el Hijo de Dios, acepta esa cruz reconociéndose pecador y pidiendo que a través de ella, la Misericordia se acuerde de Él.”
“Finalmente, Me tienes a Mí aquí, frente a ti. Abrazado a Mi Cruz redentora, para enseñarles a cargar la suya. Los invito a ser corredentores Conmigo, reparando sus propios pecados y los de todos los hombres. Sepan que esta forma de cargar la cruz se refleja en su conducta, cuando frente a ustedes tienen contrariedades y dolores y a través de ellos se acercan a Mí, y sacan utilidad de ellos para testimoniar ante los hombres; cuando abrazan su cruz y desde allá pueden sentir que lo único que desean es fortaleza, porque la sed de almas los abrasa a ustedes.”
“Tengo Sed…”

“Sí, tenía la boca y la lengua secas, estaba deshidratado y la fiebre Me quemaba, por eso tomaron una lanza y con un estropajo, pusieron en Mis labios hiel y vinagre, para burlarse aún más cuando se Me ampollase la boca.”
“Cuando dije tengo sed, aún tenía la vista fija en Mi Madre, en Juan y un poco más allá, en la mujer pecadora que ante semejante visión, ni siquiera se sentía digna de acercarse para tocarme compadecida. Tal era el sentimiento de culpa que la embargaba, que se limitaba a llorar mirándome con impotencia. ¡Bendita Magdalena, que permaneciste al pie de Mi Cruz dejando que tus lágrimas se mezclaran con la Sangre redentora que iba cayendo en tierra!”
“Por tu amor y tu dolor fuiste redimida y premiada con Mi primera aparición ante los hombres. Por haber amado tanto, tus pecados fueron lavados y quiso el Padre premiar tu conversión y tu sacrificio, colocándote en los Altares junto a Mi Madre y a Juan, para que todos los que se creían “justos y sabios” se inclinasen luego ante la que condenaban, y así se cumpla el Magnificat de María al decir que Dios “enaltece a los humildes” y que a los “hambrientos los colma de bienes”.
Entonces Jesús empezó a explicarme los motivos y los sentimientos que lo inundaban cuando dijo: “Tengo sed”, y todo va muchísimo más allá de lo que uno puede imaginar. Jesús no dijo: “agua”, que hubiera sido lo más fácil y práctico, si de verdad hubiese querido beber. De hecho, Él ni siquiera pensó en agua, porque estaba diciéndonos que tenía sed de nosotros, sed de almas, sed de que entendiéramos todos, el infinito valor de aquello que estaba sucediendo.
Quien ha sentido alguna vez verdadera sed... sed de ingerir líquido, sabe lo que eso significa... Invito al lector a que lo pruebe alguna vez, con la prudencia necesaria y ofreciéndoselo al Señor...
Dentro de las necesidades humanas, quizás la sed sea la más apremiante, y mucho más aún en situaciones de fatiga extrema... Pienso que fue precisamente por eso que el Señor lo dijo... Quien tiene sed no puede esperar para satisfacerla, es un ansia que devora...
Jesús tenía sed de vernos unidos en torno a Sus enseñanzas, tenía sed de ver una Iglesia unida y no dividida, “porque en este grupo hay mejores cantos o los predicadores hablan más bonito y en un lenguaje más moderno que los otros...”; “porque estos trabajan con ese padrecito y esos otros con aquel...”; “porque este grupo es muy pietista, en cambio el otro se identifica más con los pobres...”; “porque aquí no se me da el espacio que merezco y allá sí...”
Tenía sed de ver a todos los que proclamamos a Cristo como Salvador nuevo, unidos por el amor y no separados por los intereses mezquinos, egoístas, y materiales. Quería que aquellas Bienaventuranzas proclamadas con toda la fuerza y la dulzura de Su Corazón un día, como el único camino de salvación para los hombres, hicieran carne en los nuestros. Tenía sed, en fin, de vernos ayudándonos, de hombre a hombre, de comunidad a comunidad, de parroquia a parroquia, de apostolado a apostolado, no compitiendo ni destruyéndonos como si fuésemos enemigos políticos que van en busca de un botín.
Tenía sed de ver a Sus Obispos y sacerdotes uniendo, edificando, derramando Misericordia, ayudando, apoyando, aconsejando, alentando a los pecadores laicos, que muchas veces no sabemos por dónde empezar a trabajar, porque nos ponen cargas que muchos de ellos no pueden levantar, con todo el camino que llevan recorrido, supuestamente tratando de crecer en la Fe.
“Quería gritarle al hombre que venga tal como es y que beba de Mi sed, de esa corriente de dolor que nacía del Amor mismo. Tenía sed de ver que todos los niños tuvieran un hogar feliz, no un padre o una madre alcohólica. Tenía sed de ver niños mentalmente sanos, sin traumas por haber visto violada su intimidad y su inocencia. Tenía sed de ver a esos pequeños que amaba tanto, con deseos de construir un mundo mejor, y conociendo los valores evangélicos.”
Jesús tenía sed de los jóvenes que habrían de entregarle su vida renunciando al mundo, y de aquellos que estando en el mundo proclamarían la Buena Nueva, desde el lugar que libremente hubieran elegido.
Cristo tenía sed de mujeres que, tomando como ejemplo a otras santas mujeres, edificásemos –comenzando por la Iglesia doméstica- una sociedad más justa y con valores morales; enseñando a nuestros hijos y a los ajenos a tener a Dios como principio y fin de nuestro paso por la tierra.
Jesús tenía sed de almas, de todas las almas por las cuales estaba derramando hasta la última gota de Su Sangre. Desde lo alto de la Cruz, miraba tus pecados y los míos y gritaba a la humanidad: “Tengo sed de esta alma…” “Esta es el alma por la que estoy sufriendo tanto, tengo sed, tengo hambre, tengo necesidad de ella para poder aplacar este calor que Me ocasiona la fiebre de las heridas, que al infectarse han lesionado Mi humanidad…”
“Tengo sed de oración, de paz en las familias, en las comunidades, en el mundo entero; sed de saber que todos responderán a Mi llamado un día; sed de almas generosas que se ofrezcan como “Pararrayos” de la justicia Divina, para salvar a las otras almas…”
“Tengo sed de ti, hija Mía, de tu ayuda, de tu perseverancia. Pero, cuidado con los lobos vestidos de ovejas. Si ves que, quien trata de detener tu paso es un comerciante, ten mucho cuidado, No vaya a ser que quiera cambiarte la Cruz que te he dado por una corrupta y pretendida sabiduría.”
“Silenciosamente continúa tu camino, aunque con mucha cautela, abrazando con mayor fervor el madero que pesa sobre tus hombros, y sigue las huellas de Mi Sangre para que te dirijan siempre hacia Mí… Y si alguno de tus verdugos comienza a golpearte de frente, no te cubras la cara contra el insulto o el golpe, ni trates de defenderte… Ofrécele también tus espaldas, para que el mundo te reconozca Mía por tus heridas, porque te aseguro que quienes te golpeen serán los mismos que Me golpearon a Mí. ¡Alégrate por estar entre los que pertenecen a Jesús!”
Esa sed que tenía Jesús era Su testamento, dejándonos todos Sus méritos a nosotros, los pecadores, para que en virtud de ellos nos salváramos. Jesús tuvo sed incluso de aquellos ateos y apóstatas que veinte siglos más tarde dirían que el demonio y el infierno no existen; que la Eucaristía es sólo un símbolo, una conmemoración; que Él, siendo Dios, no sintió los dolores de Su Pasión y que por ello no sufrió lo que hubiera sufrido cualquier otro hombre; que se exagera cuando se pintan retratos de un Cristo “demasiado sufriente”; que el Cristo histórico es distinto del Cristo idealizado por la devoción popular; que Jesús no puede hablar ya a los hombres porque en Su tránsito por esta tierra lo Ha dicho todo...
¿Y si no sabemos escucharle? ¿Si hemos perdido la capacidad de asombrarnos con las enseñanzas del Evangelio, de solidarizarnos con ese Cristo sufriente, y de aprender a amar a nuestros hermanos...?
Jesús tenía sed de ver cristianos que se comprometieran a trabajar por difundir el Reino de los cielos en el corazón de los hombres. No quería nuestra cómoda mediocridad de “asistentes a Misa el domingo” y nuestra “membresía” a algún “Apostolado” como si se tratase de la filiación a un club, para entablar mejores relaciones sociales y de paso tratar de mitigar el peso de nuestras conciencias.
Cristo nos veía desde Su eternidad y sentía sed, verdadera y acuciante necesidad de sacudirnos, para despertarnos del cómodo letargo de la tibieza espiritual en que caeríamos la mayoría de nosotros, los supuestos “buenos católicos”.
Esos y otros miles de motivos más, que alcanzarían para llenar centenares de páginas, fueron los que llevaron a Jesús a decir: “Tengo sed”.



Quinta Palabra

Tenía el rostro muy pálido, deformado todo el lado izquierdo, con el ojo casi completamente cerrado por la hinchazón de la mejilla y el párpado… -¡Tan brutal había sido el golpe recibido que le había abierto el pómulo, que era como una boca que dejaba ver la carne del Hijo de Dios!…
Jesús no abría los labios, pero yo lo escuchaba; escuchaba esas Palabras que, dirigidas al Padre, eran mezcla de amor, gratitud, resignación, impotencia, dolor y mansedumbre... Yo sentía que se me partía el corazón de pena.
“¡Padre Mío, mírame…! Como un sol eclipsado por voluntad propia, Me Has dejado beber el amargo cáliz de la gélida noche del espíritu, y Te doy gracias por ello.”
Luego se dirigió a mí diciéndome: “En este profundo dolor que va oscureciendo Mi vista, hasta el punto de que no puedo ya ver claramente a estos seres que amo y que permanecen al pie de Mi agonía, Sé que el Amor Ha vencido, que vencerá por siempre.”
“Ya lo ves, parece que no había sido suficiente haber pasado por este mundo haciendo el bien a todos. Llegué hasta el extremo del amor. Hice vida aquello que había predicado antes: "Nadie tiene amor más grande que el que da la propia vida por sus amigos”. Y yo di también la Mía por Mis enemigos, por aquellos que Me estaban crucificando.”
“Precisamente por ese amor sin límites, en medio de Mi insondable sufrimiento, no perdí la confianza en Mi Padre, sino que Me invadía una dicha inmensa al saber que estaba cumpliendo Su Voluntad y demostrando así Mi Amor a Él y a los hombres.”

“Señor, Señor… ¿Por qué
Me Has abandonado…?”

El Señor me regaló la Gracia inmensa de poder contemplar también ese momento. Sucedió así:
Estaba yo en oración con los ojos cerrados, frente al pequeño altar de mi cuarto de trabajo, donde tengo un crucifijo, una imagen de la Virgen, y una pequeña cajita con las reliquias de algunos santos. Abrí los ojos y frente a mí había otra cosa: No estaba más aquel lugar, sino que veía un cielo oscuro que relampagueaba, con truenos fuertes, y tres hombres crucificados.
La imagen se acercó hasta casi tenerla a una distancia que parecía de dos metros desde donde yo estaba y solamente tenía a Jesús agonizante frente a mí, tan cerca que estiré la mano, pero al constatar que no llegaba, comprendí que era otra visión.
Jesús jadeaba, y pude ver que hacía esfuerzos por aspirar aire. Esto bien lo conozco por haberlo vivido tantas veces… Sus ojos estaban desorbitados, la boca tan seca que cada vez se le dificultaba más el modular las palabras.
Comenzó a sollozar y las lágrimas ensangrentadas corrían por sus mejillas heridas, cuando mirando al cielo dijo: “Eli, Eli…lama sabactani… - Señor, Señor... ¿Por qué Me has abandonado?”
No pude soportarlo y rompí en un sollozo, con un llanto que pocas veces había derramado en mi vida. Entonces escuché internamente Su voz:
“Hijita, hay muchas páginas escritas acerca de estas palabras, que parecieran dar a entender que únicamente sentí el abandono de Mi Padre en ese momento, como Hombre. Esto iba mucho más allá. Recuerda que desde la Cruz veía todos los tiempos venideros y a todos los hombres y mujeres que sufrirían: unos porque se fabrican cruces propias, otros porque se las imponen sus hermanos, quienes no pueden llevarlas…”
“En ese grito reclamé el abandono del Vía Crucis de toda la humanidad. Sentí en Mis propias llagas las infinitas llagas de todos los cuerpos que serían torturados por el hambre y la miseria. Millones de voces se unían a la Mía para decir: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado? me estoy muriendo de hambre, cuando hay personas que se enferman de gula… ¡Mi vida es un ayuno continuo y forzado, mientras hay personas que no saben en qué consiste el ayuno y se dicen cristianos…!’ ”
“Sentía las heridas que son consecuencia de la injusticia y la crueldad que sufrirían los crucificados de todos los tiempos en el destierro, en los campos de refugiados; el dolor de las llagas de los encarcelados, rechazados y despreciados por la misma sociedad que los llevó a ese lugar con su egoísmo…Y esas voces desde el silencio se unían a la Mía diciendo: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado? Tú no creaste fronteras, Tú no hiciste cárceles, Tú no querías una sociedad de pocos ricos y otra con multitudes de marginados…’ ”
“En Mis brazos y piernas sentía el dolor que siente un minusválido, y en la cabeza, las espinas Me enseñaban lo que sufrirían los deficientes o enfermos mentales, a quienes, muchas veces, hasta sus propios familiares humillan con su rechazo. El grito de estos seres se unía al Mío: ‘¿Por qué, Padre, permites que se rían de Mí, que me marginen, que me encierren, si no tengo yo la culpa de estar en este estado…? ¿No piensan que ellos podrían un día estar como yo y sentir lo mismo?’ ”
“Sentía en Mi pecho el dolor que siente un anciano cuando es olvidado por los suyos, por los propios y extraños; cuando es abandonado en un asilo, a merced de miradas y manos ajenas, porque ya sus manos no son capaces de trabajar para dar de comer a los suyos, o porque las nuevas y elegantes amistades de sus hijos y nietos, no podrán entender las limitaciones de una persona mayor.”
“Están cansados ya de prohibirle que hable, para que no diga cosas ‘impropias’, porque la memoria ya no le funciona… En algunos casos, ‘piadosamente’ se compadecen de ellos y los asesinan ‘para que dejen de sufrir’ y entonces sus voces se unían a la Mía para decir: ‘Señor, Señor, ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué permites que me tiren a la calle aquellos a quienes enseñé a caminar un día? ¿Por qué permites que los demás, quienes pasan por mi lado, sientan asco de mi pobreza, mis sucias vestimentas y me humillen, haciendo gala de su juventud y su riqueza? ¿Por qué este hijo mío quiere que me apliquen la ‘Eutanasia’ para acortar mis días y aumentar su condena en los infiernos?’ ”
“Sentía en la piel el ardor de todos aquellos que serían marginados por pertenecer a determinada raza, y por lo mismo serían obligados a ubicarse en la misma condición de un perro al que se le limita el paso a determinados sectores de la casa. Sus voces, llenas de impotencia y de dolor clamarían junto a la Mía: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué permites que otro hombre, tal vez más pecador que yo, tal vez más infiel, quizá menos inteligente, con instintos más parecidos a los de las bestias que a los nuestros, se rebaje de su condición de Hombre y me rebaje de mi condición de ser humano porque no tengo la piel como la suya?’ ”
“Sentía la angustia de todos aquellos hombres y mujeres que en el momento de su muerte se encontrarían con que ‘se habían equivocado’; con que su vida fue una pérdida continua en el pecado, en los placeres y en la negación de Dios y su condenación sería inminente… ¡Por una eternidad de eternidades, a cambio de haber vivido a su antojo durante ‘x’ años! ¡Oh, dolor !...”
“Pero también sentía el dolor de aquellos cristianos que en el momento de su muerte se encontrarían con que estaban en lo cierto: que habían creído, se habían alimentado y habían vivido, supuestamente ‘como buenos cristianos’, es decir, cumpliendo muchas cosas, pero omitiendo otras tantas, como el llevar ese su conocimiento a los demás, el pensar egoístamente en salvarse a sí mismo pero desentenderse de lo que pase con el vecino, que vive sin conocer nada de Dios. ¡Y la justicia es para ambos grupos: para los que no quisieron conocer a Dios y para los que no hicieron nada por llevar la fe, por ser portadores de la esperanza para los demás!”
“Sentía en cada centímetro de Mi Cuerpo el dolor de cada niño asesinado en el cuerpo de su propia madre. Y su inocencia se unía a Mi grito de impotencia humana: ‘Señor, Señor, ¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué permites que esta mujer que podría acunarme en sus brazos para calentar mi pequeño cuerpo me condene a no ver la luz terrena y se condene para no ver la Luz del Cielo?’
“Así, contemplando Mis heridas y las heridas de la humanidad pensé en Judas y en todos los traidores y también en todos los que serían traicionados por sus amigos, vendidos por 30 monedas del infierno: Por una situación económica mejor; a cambio de mayor poder, para dejar salir a flote su soberbia; por envidia que solo puede aplacarse con buscar el desprestigio de la persona envidiada; por ambición de poseer lo que no se posee…”
“Y entonces sentí el grito de aquellos que sentirían el beso del traidor en su mejilla, como una baba maloliente, como sentí el beso de aquel que un día fue Mi querido hermano. En ese momento grité con todas Mis fuerzas: ‘Señor, Señor… ¿Por qué me has abandonado...?’ ”
“El atributo más admirable en el hombre, con respecto a otro hombre, es la capacidad de sentirse ‘amigo’, al punto de poder recibir de él un consejo o una llamada de atención con amor, sabiendo que con amor también uno se lo daría; al punto de poder corregir al amigo y decirle: no por ahí, hermano, porque te vas a equivocar; al punto de entenderse ambos con una mirada, con una sonrisa, y apoyarse con un apretón de manos que quiere decir: ‘aquí estoy, puedes contar siempre conmigo’.”
“Amigo es aquel que se incomoda, que se priva de algo o de muchas cosas para ofrecértelas. Amigo es aquel que es capaz de privarse de sus horas de descanso para trabajar por ti. Amigo es aquel que puede en un momento renunciar a la comodidad de su casa para hacer que te sientas cómodo, querido y apreciado. Amigo es aquel que deja su tierra para ayudarte a salvar la tuya. Amigo es aquel que te confía sus penas y alegrías, que siempre es transparente para ti y que siempre te llevará hacia un crecimiento en la fe y en el amor a Dios. Amigo es aquel que edifica, que une, que reúne… no el que destroza, destruye, derriba para sentarse encima de los escombros. Amigo es aquel que da la vida para salvarte… como lo hice Yo.”
“Y porque Soy amigo de los hombres, cada una de las heridas que sufren los Míos ocasiona Mi compasión y Me obliga a buscar la medicina apropiada. Quiero decir que tengo memoria muy reciente y muy viva de cada injusticia, de cada desprecio, de cada marginación, de cada ‘beso falso’, de cada humillación…”
“¡No, Yo no Me olvido de aquellos a quienes ustedes, los hombres olvidan! ¡Yo escucho a quienes ustedes no oyen, porque los ruidos de sus almas les impiden tener la paz para escuchar a los otros y lo que sus acciones quieren decirles, por irrazonables que les parezcan!”
“Yo coloco dulcemente en Mi Sagrado Corazón a aquellos que ustedes dejan tirados por el camino, a aquellos a quienes ustedes calumnian, a aquellos a quienes ustedes destrozan por alcanzar lo que ellos poseen: Bienaventuranzas!”


Sexta Palabra

Otro día Jesús me explicaba que no todos subimos por el mismo sendero hacia la santidad; que mientras algunos tienen que trabajar con la humildad, otros deben hacerlo con la alegría, otros deben trabajar con su falta de esperanza, otros con el carácter, otros con la vanidad, otros con la fortaleza para romper aquella cadena que los ata a algún vicio… En fin, cada uno en lo suyo.
Decía el Señor que cada vez que nos sentimos trabados en este camino, debemos hacer un análisis para ver claramente cuál es el lugar en el que tenemos colocados nuestros deseos; qué cosas son las que más nos preocupan o nos hacen perder la paz, la alegría; qué cosas y en qué momento se nos presentan las mayores tentaciones...
Me habló de las tentaciones de algunas personas que estuvieron cerca de Él. Habló de la tentación de desconfianza que sufrieron los apóstoles, cuando tuvieron la experiencia de verse en un momento de peligro mientras estaban en la barca y pensaron que se hundirían, que las aguas los ahogarían y ellos no podrían salvarse porque “Aquel” que podía ayudarlos estaba durmiendo.
Me habló de la tentación de la falta de fe de Pedro, cuando comenzó a hundirse en las aguas en el momento en que dudó de poder caminar sobre ellas para alcanzar a su Maestro.
Me habló de la tentación de Santiago y Juan, cuando discutían, deseosos de saber cuál se sentaría a Su derecha, dejando que las tentaciones de la envidia, la vanidad y el deseo de poder, hicieran presa de ellos.
Se refirió a las tentaciones que sufrieron los escribas y fariseos: envidia, temor y odio contra Él, sentimientos que les llevaron a poner piedras en Su camino para que se tropezara, de manera que todos pudieran caerle encima a golpes; me habló de cómo le hacían preguntas para pescarlo en ‘su error’ y condenarlo por ello.
Me habló de Sus propias tentaciones sufridas durante los 40 días que ayunó en el desierto y de cómo con Su oración y rechazo al demonio pudo superarlas.
Sobre todo esto que me iba contando, podría escribir varias páginas, pero en todos los casos el centro del mensaje era el mismo: que únicamente se puede vencer a las tentaciones con la oración, y buscando vívidamente el cumplir la Voluntad del Padre.

“¡Todo está consumado…!”

Jesús habló así cuando llegó a la sexta palabra:
“Cuando dije que todo estaba consumado, resumía con esas palabras todo lo que Mi pensamiento decía al Padre. Está consumado el haber hecho Tu Voluntad, Padre Mío… Vine al mundo a través de las entrañas de una Virgen, en el cuerpecito de un bebé Me hice Hombre como todos los mortales para salvarlos…”
“Se cumplieron en Mí todas las profecías: Nací en Belén, viví pobremente, Me hice bautizar por un hombre, prediqué en Tu Nombre, Me enviaste y Te di a conocer amoroso y bondadoso como eres. Sufrí persecución, vine como médico de cuerpos y de almas y sané a muchos enfermos. Fui traicionado por un amigo íntimo, vendido por treinta monedas falsas… Vine a demostrarles que no está muerto quien en Ti y en Mí cree y resucité muertos.”
“ ‘¡Telestai!’ ¡Todo se ha consumado! Vine a salvar a los pecadores y aquí tienes a una, atada a Mi Cruz, llorando de amor por Ti y de dolor por Mí, junto a Mi Madre. Te Estoy llevando a un ladrón para que abra las puertas del Paraíso a todos los pecadores que quieran salvarse. ¡Todo está consumado…!”
“Se han cumplido en Mí las profecías, que suman más de 20 únicamente en el tiempo de Mi Pasión y Mi agonía… Estoy dejando a Mi Madre como Madre de toda la humanidad, para que los hombres no se sientan huérfanos, y Estoy dejando a la perfecta discípula que Me diste por Madre, en manos de aquellos que Me amarán a través de los siglos.”
“¡Telestai, Padre Mío…! (que quiere decir “¡Ya estuvo!” “¡Todo está bien hecho!”, “¡Ya he cumplido y he hecho lo mejor que he podido!”). La humanidad ha visto la Luz, y aunque no han sabido reconocerla, los iluminará a través de toda la historia de la tierra. ¡He cumplido Contigo, Padre, derrotando a la serpiente He abierto las Puertas del Cielo.”
“Recuerda hija Mía a Job, cuando dice:
‘Da saltos el corazón,
salta fuera de su sitio,
oíd, oíd el estruendo de su Voz,
el rugido que de su boca sale,
debajo de todos los cielos lo lanza,
y su fulgor alcanza
hasta los extremos de la tierra’ ”
“Se Ha cumplido de manera perfecta, ya nunca más el hombre tendrá que temer a ese Dios justiciero que se empeñaron en mostrar por la cultura del pueblo, personas que vivieron los días de las amenazas… El Ángel Fuerte Ha cumplido, Padre y aunque ahora viene Mi retorno a Ti, de Mi Costado abierto nacerá la Iglesia sobre la cual no prevalecerán las puertas del infierno.”
“Será una Iglesia santa, compuesta por hombres santos y pecadores, pero en medio de la inmundicia que es consecuencia de la miseria humana, brillarán como astros muchos hombres y mujeres que cumplirán sus votos y promesas… Tampoco faltará en esta Iglesia el dolor, la traición, el pecado… Sabes que todo está contaminado y todo deberá pasar por un Getsemaní y un Gólgota. Pero el resto fiel, esa porción de rebaño de esta Iglesia que Yo desde ahora baño con cada gota de Mi Sangre, llegará al Tabor para transfigurarla.”
“¡Todo está consumado Padre! Todo tenía que cumplirse y todo tendrá que cumplirse, hasta las horas de tinieblas que tanto asustarán al hombre, porque es preciso que el hombre de la iniquidad se haga presente en el mundo para combatir a los Nuestros: a los Tuyos y Míos. Pero queda María, Padre Mío, Tu perfecta colaboradora, para dar cumplimiento a Tu Palabra. He sufrido todo en Mi Cuerpo, todo lo He hecho libremente, no por imposición Tuya, sino porque Yo lo He querido, por Amor a Ti y por Amor al Hombre.”
“Todo está consumado y ahora debo volver a Ti, Padre Mío, pero recuerda que Te He encomendado a los Míos, para que ni uno sólo de ellos se pierda…”
“Yo Sé que se perderán los que habiéndome jurado fidelidad se irán detrás de los placeres del mundo. Se perderán los que, teniendo las manos consagradas para poder traerme y darme como alimento a los hombres, ensuciarán esas manos lastimando a los inocentes y entonces sí tendrán una soga con una piedra atada al cuello, para tirarse a las profundidades de un río de lava.”
“Se perderán los que no pudiendo llevar sobre sus hombros cargas pesadas, las echarán sobre las espaldas de los débiles, para aplastarlos. Se perderán los que no Me reconozcan ya en los sencillos y los humildes, porque los ciega su soberbia. Se perderán aquellos a quienes por haber recibido más, se les pedirá mayores cuentas…”
“Pero aquellos que son capaces de llorar ante la meditación de los dolores que ahora Me agobian, los que viendo una anciana harapienta besarán su mejilla en señal de hermandad e igualdad; los que pudiendo dormir en una cama duerman en el suelo, mortificando su carne en señal de reparación por amor a Nosotros... Los que reconozcan Mi mirada en la de los marginados, mi sonrisa pura en los niños, Mi voz en medio de la confusión y el bullicio del mundo, mi llanto en los pecadores arrepentidos... “
“Aquellos que reflejen Mis manos en los perdones otorgados, los que sigan Mis huellas como misioneros, abriendo surcos de esperanza para sembrar Mi semilla, sin confiar en su capacidad, sino únicamente en Mi Providencia... Los que se vuelvan como niños, al punto que su inocencia y pureza los lleven a creer y a confiar plenamente en Mi Presencia Omnipotente...
“Aquellos que siempre estén con los labios dispuestos a una sonrisa, a un perdón, a una bendición, a un reproche o corrección fraterna... Aquellos que no vacilen en decir con fuerza Mi mensaje de salvación, sin temor a que los callen, y que son capaces de aguantar los golpes, las infamias, las calumnias y los insultos sin defenderse, sin albergar deseos de venganza… ¡Esos se salvarán, porque están entre los que llamo Míos y que fueron encomendados a Ti para que, siendo del mundo, no estén en el mundo… para que no se pierdan!”


Séptima Palabra

Después de reflexionar sobre esta anterior palabra de Jesús en la Cruz, comprendo que a todos los cristianos, la cruz nos seguirá como si fuera parte de nuestra propia existencia. Pero también advierto que no todos somos capaces de despertar, de desenterrar al Cristo que permanece dormido dentro de nosotros.
Muchos vivimos llorando nuestras pequeñas o grandes cruces, pensando en que lo que nos tocó vivir es lo más triste, lo más doloroso, lo que nadie más que nosotros sería capaz de soportar... Y lo peor de todo es que creemos que Dios nos Ha olvidado, que no nos escucha o que está enojado con nosotros.
Sin embargo, no es así. Jesús dice que el conocimiento que tiene de nosotros, especialmente de los más dolientes, de los más sufridos, de los más débiles, hace que Él ame, preferentemente, al más pobre y al que más lo necesita.
Si tan sólo estuviésemos conscientes de que los más necesitados no son los menesterosos, sino por lo general los que tienen todo menos a Dios, entonces nuestros caminos se dirigirían hacia esas personas, que en realidad siendo los más ricos, muchas veces son los más pobres.
No es tan difícil llegar hacia el menesteroso y convencerlo de que confíe en Dios, pues por lo general esta gente tiene el corazón muy abierto hacia la Fe, y unas palabras, un simple gesto de amor muchas veces son suficientes para mostrarle el camino hacia el Padre. Lo difícil es convencer al hombre que por tenerlo todo, o por haber hecho del pecado la razón de su vida, está seguro de no necesitar más...
Esta es la labor más dura para los evangelizadores, cuando tienen que enfrentarse ante la soberbia, que es como lidiar directamente con el príncipe de este mundo, solapadamente escondido en el interior de un pobre hombre rico, pero necesitado del amor de Dios.
Cuánto bien nos haría meditar de vez en cuando sobre la Pasión de Jesús, sobre el dolor de la Santísima Virgen, que junto a Él, Ha sufrido el martirio de los martirios, al ver a Su Señor y a Su Hijo, crucificado por los hombres en el Calvario...
Y sin embargo, ha sido capaz de dejarnos el mejor de los testimonios, pues con Su infinito Amor y Su absoluta Obediencia al Padre, soportó humildemente el descarnado dolor de ver morir en espantosa agonía a Su Hijo. Más aún: Se Ha hecho cargo de la humanidad como Madre, Ha querido –en otras palabras- proyectar en nosotros el Amor por Su Hijo. Debía sufrir como si fuese pecadora, junto a Su Hijo, siendo inocente como Él, y todo para que se cumpla, también en Ella, la Voluntad del Padre.
Jesús dijo que es por este aciago momento que se representan los dos Corazones unidos (símbolo de nuestra espiritualidad apostólica, al igual que de muchas otras comunidades y apostolados), porque se unieron a través del dolor: en el Gólgota fueron un solo Corazón herido, dos Corazones que se atravesaron para transformarse en uno. Un solo Corazón, en el sentimiento de dolor por el sufrimiento, y un solo Corazón, en el sentimiento de Amor, por obedecer al Padre y por salvar al hombre.
Ahora me veo en la necesidad de explicar a los lectores algo que, en principio, pareciera no tener mucha importancia, pero que sin embargo encierra una enseñanza crucial del Señor para todos nosotros:
Muchos de ustedes, queridos hermanos, se habrán preguntado por qué aparece Moisés en la tapa de este libro. Para entrar en tema necesito primero aclararles que jamás soy yo quien pone el nombre a uno de estos libros, y que para elegir la portada, hacemos mucha oración, pidiendo al Señor nos asista en la elección.
Jesús me dijo una noche de viernes:
“Se acercan las tinieblas para el mundo, pero quien vive abrazado a Mi Cruz, nada debe temer. Por eso el hombre no debe contentarse con mirar una imagen Mía o ir a una procesión de Viernes Santo, sino que debe procurar tener Mis mismos sentimientos: perdonar como Yo perdoné y pedir perdón como Yo lo hice. Callar ante las infamias, como callé Yo ante Pilatos; y sin embargo, sentir un celo valiente para ser capaces de sacar con un látigo a los mercaderes del Templo de Dios. Vivir para hacer la Voluntad del Padre, como viví Yo. Amar hasta dar la vida por los demás. Permitir que trituren su cuerpo y con gozo darse en alimento, para que otros se alimenten con ese pan.”
Luego de mi oración estaba yo meditando y pensaba en Moisés. Siempre me ha impactado mucho su misión, su vida... De pronto se abrió ante mis ojos ese espacio que muchas veces se abre para permitirme contemplar una escena, lejana al lugar en el que yo estoy. Tenía frente a mí la escena de la Transfiguración y al verla me pregunté ¿Por qué Moisés y Elías? Y pensé que sería Elías por la fuerza del “Profeta de fuego”, que necesitaría Jesús para enfrentar lo que, como Hombre, tendría que vivir.
Pero al ver a Moisés, mi limitado conocimiento no alcanzaba a comprender qué hacía él allá. Fue como si una luz me iluminara por dentro y en, lo que yo considero pocos minutos, pasaron decenas de imágenes intercaladas frente a mí.
Moisés, saliendo solo de Egipto... y luego Jesús recibiendo el bautismo en el Jordán.
Moisés bajando de la Montaña, después de haber recibido el encargo de sacar al pueblo de Dios del cautiverio del Faraón... y luego Jesús, eligiendo a los doce Apóstoles, enseñando, curando, perdonando, viviendo entre Su pueblo.
Moisés sacando a su pueblo de Egipto... y luego Jesús predicando en el Monte de las Bienaventuranzas el llamado a la conversión, y anunciando el Reino de Dios.
Moisés en el paso del Mar Rojo... y luego Jesús devolviendo la vista a los ciegos, haciendo hablar a los mudos, caminar a los cojos; resucitando a los muertos.
Moisés comiendo con su pueblo el maná que Dios les enviaba desde el Cielo para que no murieran de hambre, en tanto caminaban hacia la tierra prometida... y luego Jesús con Sus discípulos, cenando por última vez con ellos e instituyendo la Eucaristía, para quedarse con nosotros; entregándonos Su Cuerpo y Su Sangre para alimentarnos y salvarnos de la muerte eterna.
Pero vi que Jesús en ese momento no estaba solo con Sus Apóstoles. De pronto aquella habitación se hizo inmensa, abarcaba todo lo que mis ojos podían alcanzar a mirar y junto a ellos, unos sentados en sillas de ruedas a los lados de los Apóstoles y los demás de pie detrás de Jesús y Sus discípulos, cientos, miles de sacerdotes, revestidos con una túnica blanca y estola de color rojo, con la mano derecha extendida hacia el lugar en el que Jesús levantaba el pan, repetían con el Señor las palabras de la Consagración.
La voz de Jesús me dijo: “Cuiden de Mis hermanos, porque a través de ellos permaneceré con ustedes hasta el fin de los siglos.”
Luego volví a ver a Moisés en el Monte Sinaí, descalzo porque así se lo había ordenado el Señor, de rodillas, temblando al contemplar el dedo de Dios escribiendo los Diez Mandamientos para los hombres... y luego vi nuevamente a Jesús en el Huerto de Getsemaní, de rodillas, mirando y asumiendo todos nuestros pecados, contemplando lo que le esperaba sufrir por nosotros los hombres, temblando y sudando sangre.
Nuevamente volvió ante mis ojos la Última Cena, Jesús con Sus Apóstoles y todos los sacerdotes, repitiendo las Palabras de la Consagración. Jesús me miró un momento y me dijo: “Yo Soy el Pan de Vida y estos -levantó las dos manos como queriendo abarcar a todos- serán quienes Me den a los hombres como alimento de Vida Eterna.”
En ese momento todo mi cuerpo temblaba ante la majestuosidad de lo que estaba presenciando y entendiendo. Oculté mi rostro entre las manos, llorando… y después de un tiempo, tal vez minutos pero que me parecían horas, alcé la cara y volví a ver lo anterior:
Vi a Moisés levantando en alto un palo con una serpiente tallada, para curar con ella a los que eran mordidos por las víboras... y luego a Jesús, levantado allá frente a mí, en la Cruz, para curar el alma de los que serían mordidos por satanás y envenenados con el pecado.
“Recuerda lo que te dije al principio –me repitió el Señor-, que se acercaban horas de tinieblas para la humanidad, que sacudirán a las instituciones y con ellas a las personas. También Mi Iglesia tendrá que atravesar ese camino doloroso que ha iniciado ya, porque así está escrito. ‘El Pastor será herido y se dispersarán las ovejas…’ Pero recuerden que He vencido al mundo.”
Otra vez contemplé la última Cena frente a mí. Todos aquellos sacerdotes tenían el rostro transfigurado, con la misma cara de Jesús. Entonces se hizo la oscuridad total frente a mí y oí la voz del Señor, muy triste cuando decía: “¡Judas, lo que tienes que hacer, hazlo ya…!”
Volvió la imagen, pero en ese momento, junto a uno de los discípulos, salían muchos de esos sacerdotes, atropellándose, corriendo, ya no con el rostro brillante y sereno de Jesús, sino con sus propias caras, llenas de angustia y de dolor.
Desde lejos se oyó un alarido de mil voces juntas, como si corrieran a un barranco y se despeñaran. Asustada miré a los que estaban con el Señor, parecían no haber visto ni oído nada, tan sumergidos estaban en su oración, en el momento que vivían, que la paz del Maestro les daba un porte majestuoso, como de príncipes.
Entiendo que aquellos consagrados que permanecían junto al Señor, eran los que se mantendrían fieles a la opción que habían hecho por Él, y son los que entrarán en esa jerarquía divina, porque ganaron su derecho: porque el derecho es fruto de la fidelidad; la fidelidad es fruto de la unión estrecha, de la intimidad; la intimidad es fruto de la donación y la donación es fruto del amor agápico que se da sin pedir nada a cambio, por el simple hecho de buscar la felicidad del ser amado.
Finalmente, ese amor es fruto del conocimiento de Aquel a quien serás fiel por el resto de tus días, sin permitir que se apague el deseo de reproducir en ti la donación perfecta de Aquel a quien te has entregado.
Mis meditaciones se detuvieron de golpe cuando oí al Señor dar Su último grito entre aspiraciones de aire, cada vez más espaciadas:

“Padre… ¡En Tus manos
encomiendo Mi Espíritu…!”

En el libro “Providencia Divina” editado hace 6 meses, relataba la muerte de mi madre y la profunda evangelización que recibimos todos los que estuvimos cerca de ella mientras agonizaba.
Para quien no lo ha leído, le comento que fue una agonía feliz, tranquila, en paz, confiada plenamente en el Amor de Dios; fue la agonía de una persona impaciente por irse y encontrarse con la Misericordia que estaba esperándola del otro lado de la cama. Ella nos pedía oraciones y canciones, mientras repetía una y otra vez, con los enormes ojos azules muy abiertos el pedido de Jesús: “¡Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu!”
Cuando ella moría yo pensaba en la muerte de Jesús… Ahora el Señor me permitía que yo, pobre pecadora, presenciase aquel instante y reviviese así el otro, unidas las dos circunstancias por la Infinita Omnipotencia del que Todo lo puede y en el amor del que es el Amor mismo. Pocos momentos en mi vida habrán de ser tan impactantes y tan difíciles de explicar...
En el Gólgota, el Cielo estaba casi negro, la tierra entera temblaba y toda la gente había echado a correr huyendo. Unos gritando de miedo por ver la misma naturaleza sacudiéndose, otros llorando y suplicando perdón, y repitiendo que verdaderamente Este Hombre era el Hijo de Dios.
“Vuelvo al Padre”, me dijo Jesús, “y un día habrán de comprender, aquellos malos hermanos que han hecho un oficio de su vocación, el verdadero sentido de Mi predilección por ellos, al concederles la gracia de hacerme presente a través de sus manos en la Eucaristía...”
“Entonces ya no usarán el Altar para lanzar una homilía que pueda confundir en lugar de ayudar al hombre, para hacer política, para justificar un salario o simplemente para ‘cumplir con su deber’ cuando ya no pueden evitarlo, y lo hacen mirando el reloj para salir corriendo a cumplir con sus otras ‘obligaciones’…”
“Esos tendrán que hacer un alto en su camino hacia el abismo, y reconocerán que su amor por ellos mismos es mayor que el amor y el deseo de servicio a Dios y al hombre; porque con su actitud le quitan la confianza y desaniman a aquel que decide ir –al menos una vez por semana- al encuentro Conmigo…”
“A ellos y a ustedes les digo desde Mi Cruz: No se quejen de que las sectas se vayan llenado de gente, sin preguntarse si es una consecuencia del testimonio de ustedes…”
Volví a oír aquellas Palabras que representaban el final y el principio de todo: “Padre, ¡En Tus manos encomiendo Mi Espíritu!” y la cabeza del Salvador de la humanidad, se recostó sobre Su hombro y Su pecho, y así permaneció un momento antes de descolgarse del todo sobre el pecho. Ese momento, que podría haber sido interminable y que a veces creo que vivirá por siempre junto a mí, estaba absolutamente presente en mis ojos, en mis oídos, cuando me dijo:
“Tenía todo el Cuerpo destrozado, pero Mi gozo era tan grande que desde el otero de Mi Pasión contemplé el Cielo y exclamé que habiéndose cumplido todo perfectamente, en las manos del Padre amoroso encomendaba Mi Espíritu.”
“Ese Espíritu, que fuera revelado a los hombres el día de Mi Bautizo en el Jordán, retornaría al Padre Conmigo para que nuevamente la Trinidad estuviese Plena en la Gloria. Y así como se abrieron los Cielos aquel día para que la Luz irradiara al Amor de la Tercera Persona, como dice el Evangelio, en forma de una paloma, ahora se rasgaba el velo del Templo que cubría El Arca de la Alianza, para sentenciar a los que Me habían condenado y aquello sí los horrorizó por la cultura y la educación de esa gente.”
“La misión del Verbo había concluido, la tremenda batalla había llegado a su fin. Moría el Hijo del Hombre, entregado voluntariamente por Amor. Me depositaba, confiadamente en las manos de Mi Padre, pacíficamente, dulcemente. Otro había muerto horas antes ahorcado, desesperado; como mueren los cobardes, los traidores, los que no aman a Mi Padre y por tanto no confían en el perdón.”
De pronto, volvió la Luz, se disiparon las tinieblas y al ver mi sorpresa, Jesús habló desde la Cruz.
“Esta Luz que ves llegaría en poco tiempo a Mis Apóstoles, para iluminarlos y asistirlos a través de este Mi Espíritu que depositaba en las manos del Padre. Él vendría a recordarles todo cuanto de Mí escucharon y a asistirles para que ese conocimiento penetrara tan profundamente en ellos que les permita, por Su Fuerza, adquirir toda la sabiduría y santidad necesarias para prolongarme en ellos: para seguir caminando entre ustedes, para seguir sanando, para seguir bendiciendo, para seguir salvando...”
“Todo esto tuvo que ser visto por testigos, para que se llegara a comprender el valor real del sacrificio de un Hombre que entrega voluntariamente su vida en donación a Dios y a los otros hombres.”
El Señor no me lo dijo, pero comprendí que ese mismo Espíritu era el que se derramaría luego sobre los sucesores de los Apóstoles; pues de alguna manera estaba refiriéndose a los sacerdotes y laicos comprometidos...
Luego siguió Jesús diciéndome: “He cumplido, vuelvo al Padre, y ustedes, los que Me aman, serán también perseguidos, calumniados, humillados, maltratados... Pero no están solos, permanezco con ustedes y dejo con ustedes lo más precioso de Mi Vida: Mi Madre, que desde ahora será su Madre.”
Cuando Jesús termina de decir esto, veo que se acerca un soldado y tomando una lanza susurra algo que no llego a entender, y con un gesto de piedad, atraviesa el costado del Señor y cae una cantidad de sangre y agua, salpicando la cara del soldado que se cubre los ojos con la mano y cae en tierra.
El pecho del Redentor estaba lleno de luz, con una sinfonía de matices que no podría describir, sale de ese costado abierto algo como agua pero que es brillante y luego sangre que se mezcla con esa agua. Va abriendo surcos en la tierra y por donde pasa la sangre, se levantan unas azucenas maravillosamente blancas.
Desaparece la Cruz de Jesús, en su lugar veo ahora una enorme iglesia, y en ella van entrando estas flores, como si se deslizaran. Pero por otro lado también van entrando muchísimos jóvenes vestidos de túnica blanca.
Repentinamente me veo dentro de esa iglesia y contemplo: delante del Altar están todas esas flores blancas, que ahora se convierten en mujeres jóvenes, y del otro lado varones vestidos con albas. Varones y mujeres están postrados en humilde oración y tienen los brazos en cruz. Entiendo que son las mujeres y varones que están siendo consagrados, entregando sus vidas a Dios...
Oigo un coro maravilloso, como el que he escuchado alguna vez durante la Santa Misa, y veo a Jesús Resucitado, majestuosamente vestido, como un Rey que al momento hace una seña y uno a uno se le van acercando los jóvenes, para que Él mismo unja sus manos mientras sonríe, con el amor que alguna vez observo en los ojos de un papá mirando a sus hijos.
Jesús me mira por unos segundos y dice luego, mientras se dirige hacia el centro del Altar: “A través del Orden Sacerdotal, con la fuerza del Santo Espíritu, todos los pecados de los hombres serán perdonados y ellos abrirán para ustedes las puertas del Cielo… Pero Soy un amante celoso que exige de ellos todo su querer. Espero todo de un alma, de acuerdo con la vocación a la que fue llamada un día y a la invitación que sigo haciéndoles diariamente en su vida común a través de las circunstancias.”
En ese preciso instante, la visión de Moisés y Jesús volvió de manera terrible. Procuraré ser lo más fiel posible al describirla. Vi a Moisés, parado sobre una meseta del Monte Sinaí, llevaba en
las manos dos piedras grandes con unos gráficos (supongo que son los Mandamientos). Abajo estaba el pueblo en un ruido horrible y unas escenas asquerosas. Más parecían bestias que humanos. El rostro del Profeta se puso casi morado, congestionado, lo vi tambalearse y luego con fuerza y con rabia tiró las dos piedras sobre el pueblo. Fue como si cien cargas de dinamita cayeran sobre ellos porque mucha gente volaba por los aires, y muchos caían dentro de un gran hoyo en el suelo gritando.
Luego vi a Jesús, levantado sobre la Cruz y detrás de Él dos enormes ángeles con el rostro muy brillante, pero con una expresión muy fuerte de enojo. Uno de ellos llevaba unas “tablas” (las llamaremos así), como las piedras que llevaba Moisés, pero eran de carne. Si se juntaban formarían seguramente un corazón. En una de ellas decía: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas” y en la otra “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El otro Ángel llevaba en las dos manos una enorme Copa llena de Sangre.
Cuando los ángeles se disponían a tirar sobre el globo terráqueo aquellas “tablas de carne” y el Cáliz con Sangre, se oyó una voz varonil que decía: “¡Alto!... Infundiré Mi Ley en sus corazones, ellos serán Mi pueblo y Yo seré su Dios…”
Los dos ángeles, al escuchar la voz, se arrodillaron bajando la cabeza y desaparecieron de mi vista.
En un instante pensé en el paralelismo entre Moisés y Jesús. Y me horroricé de pensar en lo que habría sucedido si los Ángeles lanzaban aquellos dos mandamientos y el Cáliz de Sangre sobre la tierra… Pienso que habríamos perecido todos, recibiendo tal vez un castigo que, con nuestros pecados, pareciéramos estar pidiendo a gritos.
Ante este recuerdo, no me mueve el sentimiento a otra cosa que a pedir a Dios Misericordia para el mundo.
Estoy segura de que, quien lea este testimonio, comprenderá el momento que vivimos y coincidirá conmigo en que si no nos arrodillamos ante Jesús, vivo en el Santísimo Sacramento del Altar, haciendo reparación y uniendo nuestras oraciones, aquella copa rebalsará y se perderá gran parte de la humanidad.
Entonces vi a la Virgen Santísima, sentada en el suelo, con Jesús recostado sobre una tela y Su cabeza en las faldas de la Virgen. Lo acariciaba y besaba, derramando abundantes lágrimas.
Yo soy madre, y cuando alguna vez mis hijos han tenido sufrimientos y han estado lejos mío, he sentido un dolor espiritual y físico. Cuando trato de explicarlo digo que me duelen los pechos que alimentaron al hijo ahora sufriente o con problemas.
Contemplar este cuadro y pensar en el Corazón de nuestra Madre, me provoca tanto respeto, que creo que uno no puede menos que postrarse en tierra. Ahí está la Mujer, sosteniendo la cabeza de Su Hijo muerto, aceptando el dolor que está traspasándole el Corazón.
Cuando una persona querida muere, uno sabe que el dolor se queda con uno. El que se va no lleva dolor.
En este caso, desde el primer “Sí” de la Virgen hasta este momento, la vida de ambos Ha estado tan íntimamente unida que uno podía sufrir o gozar con los sentimientos del otro.
Si la Iglesia proclama que todo dolor humano es redentor, que sirve para la salvación de las almas cuando es ofrecido a Dios con amor, ¿Cómo puede alguien molestarse cuando oye decir que María fue Corredentora al pie de la Cruz?
El lazo que une a la Mujer del Génesis, cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente, con la mujer vestida de sol del Apocalipsis, ¿no es precisamente el de la “Corredención”, -el hecho de que Ella haya participado activamente, también como víctima, en aquel santo sacrificio- que se perpetró a los pies de la Cruz?
Pido perdón por lo antedicho si ofendo a los hombres, pero júzguelo nuestra Madre la Iglesia, que mi formación no me da para esbozar siquiera un criterio; pero el amor, reconoce al AMOR y para eso no se necesita sabiduría.
Volvió la escena del Calvario y repitió la voz majestuosamente: “¡… Infundiré Mi Ley en sus corazones, ellos serán Mi pueblo y Yo seré su Dios…!”
Entonces apareció ante mis ojos nuevamente la gran iglesia donde entraban no solamente los futuros sacerdotes y mujeres consagradas, sino un sinfín de mujeres y hombres, viejos, jóvenes y niños...
Algo me obligó a mirar hacia la cúpula del templo. Allí estaba la Virgen María, majestuosa, cubriendo con un manto azul claro toda la escena. Traía una hermosa sonrisa, como una mamá que abraza a su bebé protegiéndolo con muchísimo amor.
Adentro estaba Jesús, revestido como en la imagen de Cristo Rey, celebrando la Santa Misa. Concelebraban con Él todos aquellos jóvenes que antes habían sido ungidos. Sentí una enorme alegría en el corazón.
Jesús me dijo entonces: “Di a todos Mis hijos que no es suficiente conocer de memoria las quince estaciones del Vía Crucis, sino vivirlo y recrearlo para que cada Santa Misa sea verdaderamente el memorial de Mi Pasión.”
“Diles que desde la Cruz, me He inclinado ante cada uno de ellos porque la fuerza del amor les Ha concedido ser ‘Alteri Christi’…” (otros Cristos)
En ese momento vi un cuarto con una ventana no muy grande, las paredes claras y Jesús, resplandeciente, todo vestido de blanco, que soplaba sobre Sus Apóstoles y les decía: “Reciban el Espíritu Santo… A quien perdonen sus pecados, les serán perdonados en el Cielo….”
Transcribo a continuación las últimas palabras de Jesús, que acaba de darme para ustedes, mientras termino de escribir este testimonio, en el amanecer de la festividad del Bautismo de nuestro Señor.
“Querido hermano, para ti Ha sido este testimonio. Para que logres vivir un tiempo de cuaresma renovado, en la profunda meditación de la unión que deseo tener contigo y a través de ti, con Mi Pueblo.”
“No permitas que el racionalismo del mundo cambie tus blancas vestiduras por una hoz y un martillo. Tu biblioteca debe ser contemplarme en la Cruz. Tus armas y las de todo cristiano deben ser la oración, la compañía de Mi Madre, y el puerto de salvación la Eucaristía.”
“Pero cuida siempre que tu celebración sea como Aquella del Jueves Santo; esa celebración que estremece los corazones de los laicos. Recuerda que Mi pueblo quiere santidad en sus Pastores.”

Contribuido por Juan Rajs G.